DRIVE MY CAR de Ryusuke Hamaguchi

Sólo unos meses después de haber ganado el Gran Premio del Jurado con La ruleta de la fortuna y la fantasía en la última Berlinale y tres años después de haberse estrenado en el Festival de Cannes con Asako I y II, el director japonés Ryusuke Hamaguchi vuelve a competir por la Palma de Oro con una de las películas que más apoyo de la crítica ha recibido de las vistas ahora.

Drive my car Ryusuke Hamaguchi

De forma análoga a lo que hizo el coreano Lee Chang-dong en Burning, Hamaguchi toma una historia corta de Haruki Murakami de menos de 50 páginas, en este caso contenida en la recopilación Hombres sin mujeres, y la deconstruye, la reestructura y la combina con Tío Vania de Anton Chejov en un guión sobre la soledad y la pérdida de casi 3 horas.

El trío protagonista son un director de teatro en horas bajas, una joven que trabajará como su chófer y un joven actor con problemas para asimilar la fama que trabajará con el primero en un montaje de Tío Vania multilingüe. Aunque no es ése el único nexo de unión entre ellos.

Drive my car Ryusuke Hamaguchi

Hamaguchi es un director de la palabra. Sus películas se apoyan siempre en el texto y en los silencios que el director nipón alarga confiando en la capacidad de entendimiento y asimilación del espectador. En esta ocasión el origen del texto son dos pesos pesados como Murakami y Chejov, pero Hamaguchi no apabulla. Las palabras de Chejov nos llegarán en japonés, mandarín, coreano e idioma de signos. Las de Murakami lo envuelven todo. Pero sus palabras, sus silencios, sus situaciones, las relaciones entre sus personajes fluyen suavemente para que el espectador las haga suyas. En largas secuencias que transmiten el dolor de sus personajes, su desamparo, su desorientación y la forma en la que poco a poco van encontrando consuelo a través de la relación con el prójimo.

Y como remate, el bellísimo final en el que una actriz sordomuda interpreta en lengua de signos el monólogo final de Sonia en Tío Vania, en el que palabra y silencio se fusionan en una de las secuencias más hermosas del año.

LINGUI. SACRED BONDS de Mahamat Saleh-Harun

Tras ganar el premio del jurado hace 11 años con El hombre que grita, el chadiano Mahamat Saleh-Harun, un habitual de este festival, vuelve al concurso con Lingui, Sacred Bonds, una denuncia de la situación de la mujer en su país y una reivindicación de sus derechos tan innegable y necesaria en su fondo, como básica y simple en su reflejo cinematográfico.

Lingui Sacred Bonds Mahamat Saleh-Harun

Su protagonista es Amina, una musulmana practicante que vive con su hija de 15 años, María. Cuando se entera de que ésta está embarazada y quiere abortar, se chocarán de frente con una sociedad y un país que lo condenan tanto de forma legal, como social.

No se le puede poner ningún pero a la denuncia y reivindicación en pro de los derechos de la mujer de Lingui. No sólo en lo que se refiere al derecho al aborto. Hay más. A lo largo de la película se irán revelando más situaciones que desde la mirada del primer mundo occidental resultan chocantes, retrógradas e inadmisibles.

Lingui Sacred Bonds Mahamat Saleh-Harun

Pero a la hora de valorar los méritos cinematográficos de Mahamat Saleh-Harun su propuesta resulta escasa. Tanto su puesta en escena, sus interpretaciones, como su guión resultan demasiado elementales y simplistas. Pero teniendo en cuenta la presidencia y la composición del jurado, tampoco sería de extrañar que se le hiciera un hueco en el palmarés.

LA FRACTURE de Catherine Corsini

Pero en el primer mundo también quedan cosas por reivindicar. En la Francia republicana de la grandeur, la libertad, la igualdad y la fraternidad sigue habiendo cosas que no funcionan bien. O que funcionan cada vez peor. Y en concreto en la película La Fracture de Catherine Corsini sus protagonistas son víctimas de la falta de personal en los servicios de urgencias de un hospital, precisamente en huelga reivindicando la mejora de sus condiciones, una noche en la que los enfrentamientos entre los chalecos amarillos y la policía provocan una carga de trabajo mayor de la habitual.

La Fracture de Catherine Corsini

A ese situación ya tensa de origen llega Raphaëlle, interpretada por una exagerada Valeria Bruni-Tedeschi, víctima de una caída en la calle en plena persecución de su pareja Julie, una Marina Foïs mucho más comedida y controlada. Porque parece que de acuerdo con el manual de interpretación de Bruni-Tedeschi, la vis cómica es directamente proporcional al número de aspavientos, gritos e histrionismo desatado por unidad de tiempo. Las vicisitudes de los distintos heridos en el servicio de urgencias dan lugar a una ceremonia del caos alargada y repetitiva que corre el peligro de acabar neutralizando el origen de su reivindicación por agotamiento del espectador y pasando a mero fondo decorativo la lucha de los chalecos amarillos. A veces menos es más. Aunque tampoco sería de extrañar que La Fracture acabe siendo una de tantas películas que cuando se estrene en las pantallas españolas hace referencia al número de millones de espectadores en Francia.

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