El italiano Pietro Marcello con “Martin Eden” ha presentado la que para muchos es la mejor película italiana presentada en los últimos años en la Mostra. Roy Andersson, el ganador de León de Oro por “Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia”, ha presentado otra inspirada y sentida mirada al ser humano con “About Endlessness” que se opone a la crueldad y el sadismo vacío de “The Painted Bird” del checo Václav Marhoul. Y de Hong Kong, el debut en la animación de un veterano cineasta con “Nº7 Cherry Lane”, una mirada melancólica y kitsch al Hong Kong de los 60, que a fuerza de buscar ser sublime cae demasiado a menudo en el ridículo.

Cuentan que los principales directores de cine italianos de la actualidad prefieren estrenar sus películas en el Festival de Cannes en lugar de en el de Venecia. Hablamos por ejemplo, de Nanni Moretti, Matteo Garrone, Alice Rohrwacher, Paolo Sorrentino y en muchas ocasiones Marco Bellochio. Porque además se las seleccionan. Y eso provoca que las películas italianas más importantes del año no se presenten en el festival de su país. Cuentan que Martin Eden había sido seleccionada para la última edición del Festival de Cannes, pero que finalmente decidieron no acudir a la cita de mayo y dejarla para la Mostra de Venecia. Sea por la razón que sea, bienvenida sea Martin Eden de Pietro Marcello, una de las mejores películas italianas que ha competido por el León de Oro los últimos años.

Martin Eden Pietro Marcello

En Martin Eden, el director de Bella y perdida adapta muy libremente la novela del mismo nombre de Jack London, trasladando la acción a los alrededores de Nápoles y situándola en un tiempo indefinido cualquiera del siglo XX. Marcello hace suya la historia del ingenuo y carismático marinero que decide triunfar en la literatura para ser digno de su burguesa amada, interpretado de forma brillante por Luca Marinelli, y el resultado es una apasionante historia de ambición, transformación y decadencia.

Rodada en 16 mm y con una puesta en escena en la que prima la naturalidad, las imágenes de Marcello recuerdan a una versión en color de lo que podrían haber rodado los grandes del neorrealismo italiano, o a Lazzaro Feliz de Alice Rohrwacher, otra película italiana con la que tiene más de un punto de conexión. Porque Martin Eden, el personaje, parece por momentos el anverso del Lazzaro de Rohrwacher. Aquí el personaje puro e idealista del origen, se transforma a medida que va cumpliendo sus objetivos, su ascenso lo contamina y en base a esta evolución construye Marcello su contundente discurso político y social.

Martin Eden Pietro Marcello

Martin Eden narra la vida de su protagonista. Pero no es una biografía al uso. Por supuesto que nos cuenta la historia del personaje, pero la cámara de Marcello presta especial atención a su entorno. Desde las calles de los barrios pobres de Nápoles a los decadentes palazzos burgueses. Siempre con ese estilo realista que le caracteriza. Pero esas imágenes naturalistas que reflejan la peripecia de su protagonista son interrumpidas de forma sorprendente y sugerente por imágenes de archivo, no necesariamente relacionadas en el tiempo o en el espacio, pero sí en su fondo con la acción de la película, dando como resultado una combinación mágica y evocadora.

Es indudable que The Painted Bird es un proyecto ambicioso. El checo Václav Marhoul adapta la novela El pájaro pintado de Jerzy Kosinski sobre el infierno que vive un niño de etnia y religión desconocidos (¿gitano? ¿judío?) en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial a uno y otro lado del frente oriental, con un reparto en el que se incluyen en pequeños papeles a Harvey Keitel, Stellan Skarsgaard, Udo Kier, Julian Sands o Barry Pepper, rodada en blanco y negro y una duración de casi 3 horas. Lástima que el resultado no esté a la altura del material de partida.

The painted bird

A pesar de su indudable talento para crear imágenes poderosas, bellas e impactantes, Marhoul parece olvidarse de lo más importante: el vínculo emocional con el espectador. Y con sus personajes. Sean víctimas o verdugos. A través de ellos. Porque su falta de sensibilidad y empatía hacia sus personajes y también hacia el espectador convierten a The Painted Bird en un catálogo episódico de imágenes impactantes sobre la maldad humana en todas sus vertientes.

En The Painted Bird no hay espacio para la solidaridad, la humanidad y el entendimiento entre los humanos. Sólo miseria, maldad y sadismo. Contra hombres, mujeres y animales. Marhoul muestra una sucesión de muertes, violaciones, violencias varias y abusos de todo tipo de forma tan bella, como aséptica, provocando no sólo el rechazo del espectador a lo que está viendo, sino también una película que a falta de vínculo emocional se convierte en una monótona y sádica relación de atrocidades y miserias.

The painted bird

Podríamos considerar que About Endlessness, la nueva película de Roy Andersson, ganador del León de Oro de 2014 con Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, es lo opuesto a The Painted Bird. Da la impresión de que en sus 76 minutos encierra todo. No en vano su título se podría traducir como sobre el infinito o algo así.

El veterano director sueco se mantiene fiel a su estilo y About Endlessness es una sucesión de viñetas en plano fijo y tonos pastel sin aparente relación entre ellas (con la excepción de un trío de ellas en las que tira del recurso cómico de un cura que ha perdido la fe), pero que ofrecen una mirada caleidoscópica sobre la naturaleza del ser humano.

About endlessness

Las viñetas pueden de lo más banal y costumbrista (como una pareja mirando el horizonte, o un padre atando el cordón de la zapatilla a su hija), anecdóticas (como un psiquiatra que no puede atender a uno de sus pacientes porque se le escapa el autobús) y hasta históricas (especialmente ligadas a la Segunda Guerra Mundial), pero Andersson da a todas sus microhistorias, sean dramáticas o gozosas, irrelevantes o históricas, exactamente el mismo tratamiento: tonos pastel, plano fijo, interpretaciones hieráticas, diálogos escasos… Pero gracias a su mirada, a su talento para captar la humanidad de la situación, a su capacidad de empatizar con sus personajes y como novedad esta vez apoyado en algunas ocasiones por una voz en off que contextualiza las imágenes, ofrece una mirada emocionante y profunda sobre el ser humano.

Con su décimocuarta película, N.º 7 Cherry Lane, el veterano cineasta honkonés Yonfan ha decidido debutar en el cine de animación, una mirada melancólica al Hong Kong de los años 60 a través de las peripecias de un atractivo joven estudiante de universidad, convertido en objeto de deseo de media docena de personajes con los que se cruza a lo largo de las más de dos horas de duración de película.

Nº7 Cherry Lane

Mediante la técnica de animación en 2D en la que prima el kitsch más descarado, Nº7 Cherry Lane se centra en el triángulo amoroso formado por el estudiante universitario mencionado, una mujer de 40 años de pasado revolucionario y presente aburguesado y su atractiva hija. Un juego de seducción lleno de referencias culturales europeas liberadoras que representan un mundo de clase y sofisticación y que Yonfan presenta en oposición a las asiáticas con el trasfondo de los conflictos de 1967 en contra del dominio colonial británico entre los grupos de izquierdas y el gobierno.

Por sus ambientes, su tono, su cadencia que busca estirar el tiempo de forma innecesaria y a veces desconcertante (como cuando el salto de un gato se muestra al ralentí como si la fuerza gravedad también estuviera afectada por esa cadencia pausada) y su utilización de los planos de detalle hay momentos que N.º 7 Cherry Lane parece una versión animada y de marca blanca, una mala imitación (china, por supuesto) del Wong Kar-wai de Deseando amar.

El resultado es un pastiche cargado de propuestas creativas y originales, que se salen de lo convencional, pero que demasiado a menudo no funcionan. Un conjunto tremendamente irregular e imprevisible, que a fuerza de intentar ser siempre sublime cae a veces también en el ridículo, incluso de forma simultánea. Una de esas películas que uno no puede dejar de mirar porque sabe que entre todas esas ideas que no funcionan, en cualquier momento puede surgir una original y estimulante.

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