Con ‘Dolor y gloria’ de Pedro Almodóvar encabezando todos los paneles de votación de la crítica y convertida ya en primera gran favorita para la Palma de Oro de esta edición, repasamos otras películas presentadas en el concurso de este primer tercio del festival.

Tras ganar la Cámara de Oro en 1984 con Extraños en el paraíso, Jim Jarmusch compite por octava vez por la Palma de Oro con The Dead Don’t Die, una comedia llena de ironía que busca más la sonrisa y la complicidad del espectador que la carcajada descontrolada ambientada en Centerville, un pequeño pueblo de la América en la que nunca pasa nada en el que su tranquilidad y su rutina es interrumpida por la aparición de unos zombis.

Los protagonistas de The Dead Don’t Die son los tres policías del pueblo, interpretados por Bill Murray, Adam Driver y Chloe Sevigny, que deben investigar las misteriosas muertes que han roto la paz de su pueblo.

Dead don't die Jim Jarmusch

Tras un arranque prometedor en el que mediante ingeniosos gags recurrentes, el tono irónico y la cadencia marca de la casa, Jarmusch despierta la complicidad del espectador, la película pierde el rumbo, acaba dando vueltas continuamente sobre ella misma, y se atasca en la denuncia obvia que representan los muertos vivientes resucitados. Desde las razones propias de su resurrección como consecuencia de la ruptura del delicado equilibrio entre la Tierra y la humanidad, a las de su comportamiento, tan alienado y egoísta como el de la especie humana. Porque para Jarmusch, todos nosotros somos zombis y nos comportamos como tales.

Si en Sólo los amantes sobreviven, Jarmusch tomaba a los vampiros y los pasaba por su filtro para darles una nueva personalidad adaptando su halo romántico y sus deseos a la actualidad, a los zombis de The Dead Don´t Die les falta carácter. No se salen del tópico, Jarmusch tira de un puñado de ellos, empezando por la mano emergiendo de la tumba del cartel de la película y no son más que el vehículo obvio y evidente del mensaje político que quiere transmitir. Una denuncia de la sociedad actual egoísta y alienada por el materialismo en el que todos parecemos actuar como zombis, salvo la inevitable excepción que confirma la regla.

También son tres policías los protagonistas de Les Misérables, la ópera prima de Ladj Ly basada en su cortometraje homónimo nominado a un César. La primera película francesa presentada a concurso es una crónica del difícil equilibrio entre la policía encargada de mantener la paz y el orden y las distintas comunidades que habitan en el barrio multicultural, multirracial y multirreligioso en el que se desarrolla.

Ladj Ly Les misérables

Les Misérables arranca con un acto de celebración patriótica: la victoria de la selección francesa, también multicultural y multirracial, en el último mundial de fútbol. Pero tras ese despliegue de la bandera tricolor y de ‘Vive la France’s, la realidad es más compleja.

Los primeros dos tercios de Les Misérables los ocupa el primer día de Stéphane (Damien Bonnard) un policía de origen rural en una unidad de la Brigada Anti Crimen de Montfermeil en los suburbios de Paris, en compañía de Chris (Alexis Manenti), el responsable de la unidad, y de Gwada (Djibril Zonga), originario del barrio. Con un estilo casi documental, enérgico y contundente, en el que prima la cámara en mano y abundantes planos rodados desde drones, que por esta vez tienen su sentido narrativo y dramático, Les Misérables muestra los esfuerzos del trío protagonista junto a los cabecillas del suburbio para mantener el equilibrio inestable de la vida en del banlieu cuando el aparentemente inocente robo de un cachorro de león en un circo parece encender la mecha capaz de desestabilizar el barrio. Pero será precisamente ese intento por mantener el status quo, esa solución de compromiso para satisfacción de los poderosos, la que desencadenará un tercer acto más original y revelador, menos realista, pero con mayor carga política y dramática que le da a la película su personalidad y sello diferenciador respecto de otras propuestas similares.

Les misérables Cannes Ladj Ly

Si bien peca de maniquea y durante gran parte de su metraje no propone nada especialmente innovador, su pulso firme y rotundo y ese tercer acto en el que se revela el alcance de su mensaje político y social, hacen de Les Misérables una candidata a figurar en el palmarés de un jurado presidido por Alejandro G. Iñárritu.

Como ya hiciera en sus películas anteriores,  Sonidos del barrio y Aquarius (Doña Clara), el brasileño Kleber Mendonça Filho, esta vez acompañado en la dirección por Juliano Dornelles, vuelve en Bacura a retratar la resistencia frente a un liberalismo implacable y devorador de la tradición y el individuo en beneficio del máximo beneficio de los ricos y poderosos.

Bacura Kleber Mendonça

Pero tanto en su estilo, como en su tono, Bacura es muy distinta a las películas anteriores del director brasileño. Por un lado, abandona el entorno urbano, para llevar la acción a un pequeño pueblo del sertao del estado de Pernambuco. Por otro, se pasa del drama, coral o personal, al western a la brasileña, recordando al realismo mágico al estilo de García Márquez en su principio, pero que acaba convertido en una película de acción pura y dura, violenta y seca. Y su denuncia se deja de sutilezas y se hace directa y evidente, urgente. Como si Mendonça Filho sintiera que no le queda tiempo que perder, ni de elaborar el mensaje y hubiera llegado el momento de llamar a la movilización.

El director brasileño se la juega en su paso del cine de autor al cine de género, para acabar subvirtiéndolo de forma arriesgada y original, pero también brillante y efectiva y como era de esperar ha recibido una notoria división de opiniones.

Dato para la wikipedia (y esperemos que algo más): Atlantique es la primera película dirigida por una mujer negra que opta a la Palma de Oro en la historia. Su directora es la franco-senegalesa Mati Diop, una de las protagonistas de 35 shots of rhum de Claire Denis, que tras una exitosa carrera en la dirección de cortos, debuta en el largometraje con esta historia de amor entre dos jóvenes ambientada en Dakar.

Mati Diop Atlantique

Atlantique arranca en un moderno rascacielos en construcción al borde del océano en el que trabaja Souleiman, el joven protagonista, si bien lleva varias semanas sin cobrar. Está enamorado de Ada (Mame Bineta Sade), pero ella en realidad está comprometida con otro hombre por un matrimonio de conveniencia arreglado por sus padres. Ante esta situación, Souleiman tomará una decisión de consecuencias imprevisibles.

Con elementos que recuerdan al cine de la mencionada Claire Denis (la forma en la que están rodando los cuerpos de los jóvenes, la secuencia de la discoteca sin música pero con los juegos de luces aún en marcha) y apuntes en el tratamiento de los elementos fantásticos que traen a la memoria el cine de Jacques Tourneur, Atlantique es una estimulante, aunque no siempre lograda, mezcla de cine de denuncia social y elementos del cine fantástico a la que contribuyen de manera especial la fotografía de Claire Mathon y la banda sonora de Fatima Al Qadiri.

Atlantique Cannes

En Atlantique no hay espacio el exotismo africano para públicos del primer mundo. El entorno en el que se desarrolla es urbano y los problemas de los jóvenes son la falta de oportunidades, la necesidad de labrarse un futuro como y con quien quieran/puedan o el encontrar un trabajo debidamente remunerado.

De la mano de Diop, el Océano Atlántico que da título al film pasa a ser un tercer protagonista del mismo, convertido a su vez en válvula de escape frente a una situación injusta, pero también en el origen de los elementos mágicos que asoman en la segunda parte de la película.

Con Sorry We Missed You, el veterano director Ken Loach, vuelve a concursar por decimoquinta vez en la competición de Cannes, en la que ya triunfó en 2006 con El viento que agita la cebada y en 2016 con su película anterior, Yo, Daniel Blake. En caso de conseguir una tercera Palma de Oro sería el primer director en lograrla.

Sorry we missed you Cannes Ken Loach

En esta ocasión, el director británico, con la colaboración de su guionista habitual, Paul Laverty, aplica su ‘tratamiento’ al mundo de los falsos autónomos y en concreto a las subcontratas del sector de la mensajería. Su ‘tratamiento’ porque como en ocasiones anteriores, al tándem Loach/Laverty parece interesarle más provocar la lástima del espectador hacia sus personajes, mostrarlos en su sufrimiento, en lugar de invitar a una reflexión, seguramente más incómoda, sobre las razones que hacen posible esa situación.

En esta ocasión, como tantas veces antes, sus protagonistas son una familia de clase trabajadora (el padre falso autónomo en una empresa de mensajería, la madre cuidadora a domicilio y sus dos hijos) que a pesar de sus esfuerzos y sus horas de trabajo, no consiguen prosperar y a duras penas llegan a fin de mes. Con una puesta en escena directa y funcional, Loach retrata la pelea diaria de la familia por conseguir sobrevivir y cómo esa pelea acaba afectando a la vida familiar en un crescendo dramático que se acaba de descontrolar en un tercer acto en el que se materializan gran parte de las desgracias que la película se había encargado de anunciar previamente.



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