Gloria Bell
7.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (0 Votos)
0.0

La nueva película de Sebastián Lelio, protagonizada por Julianne Moore y John Turturro , es un autoremake norteamericano del filme Gloria (2013), el quinto largometraje chileno del oscarizado director de Una mujer fantástica (2017). Este filme, con producción ejecutiva de Julianne Moore, la actriz protagonista -en un operación parecida a la que tuvo lugar el pasado año con Disobedience y Rachel Weisz–, no obstante, y por mucho que se haya subrayado la fidelidad a la obra anterior es una película autónoma, verdadera recreación con actores en estado de gracia que no puede dejar de ver quien siga la carrera de este cineasta clasicista, Sebastián Lelio, uno de los más interesantes en la actualidad.

Esta temporada tenemos ocasión de ver a dos grandes actores cantando alegremente agarrados del volante de un vehículo de cuatro ruedas: Clint Eastwood en The mule -aún en cartelera–, en cuanto al country, y Julianne Moore con la música de discoteca del siglo pasado, ahora, en la última película en inglés de Sebastián Lelio.

La historia de Gloria Bell es sencilla y, quizás, ya lo bastante conocida. Brevemente: Gloria (que en la versión chilena se apellidaba Cumplido y aquí se llama Bell) es una mujer entrada en la cincuentena, divorciada de hace más de una década y que encara ya la perspectiva de la jubilación; carga con problemas propios y ajenos, es una excelente madre, una buena amiga, una profesional entregada y, sobre todo, alguien, una mujer, que -prima lejana de la Sonia Braga de Dancing days o de los parroquianos de la platónica boîte de Le bal, de Ettore Scola– se abstrae de los problemas cotidianos yendo a bailar. «Si llega el fin del mundo –dice Gloria– que me pille bailando». Julianne Moore encarna magistralmente este papel que en su día valió a la anterior protagonista, la chilena Paulina García –diva del teatro de su país– el Oso de Plata en la Berlinale de 2013.

Hay en Lelio una particular atención a los gestos, un interés que lo emparenta con Alfred Hitchkock. Se vio ya en Disobedience, tan atenta a la comunicación no verbal en el seno de una comunidad judía ortodoxa londinense. En este caso tenemos el mundo sin palabras de las discotecas, altamente codificado: el juego de miradas, el sentarse aquí o allí, la forma de coger la copa… La preocupación del director encuentra eco, una vez más, en el trabajo actoral de los dos protagonistas, que son practicantes de un puntillismo interpretativo a copia de gestos mínimos. Fíjense en la sonrisa más bien caballuna de Julianne Moore, en los primeros planos que nos muestran la incisión del tiempo entre la nariz y el labio superior, o -por hablar de su partenaire– observen la zona de los ojos de John Turturro, en que se concentra buena parte de la caracterización del personaje, quien -con los carrillos algo inflados– presenta un cierto aire de hámster. No se pierdan tampoco la gestualidad fantástica del actor que encarnó a Jesús Quintana, cuando usa el dedo, casi como un niño, para indicar que hace apenas un año que se ha divorciado, gesto que el filme acierta a presentarnos como involuntario y que nos habla implícitamente de la ingenuidad del personaje protagonista. Nuestra memoria fílmica nos retrotrae a El gran Lebowski, clásico en que coincidieron ambos actores, tanto en el plano en que se nos muestra a Gloria riendo como una loca en una sesión de risoterapia, como en el ataque con el fusil de paintball a la propiedad y la persona de su antagonista masculino, como si se tratara de una acción de la artista plástica a que daba vida Moore en el filme de los hermanos Cohen (no importa tanto si tales elementos se encuentran o no en la versión chilena).

Gloria Bell

Se ha dicho –hay gente pa’ to’– que el escopetazo –real o metafórica o de juguete el arma, real o metafórico también el tiro– es una forma de matar impropia de una mujer. Truffaut eligió este arma para que la esposa de La piel suave diera muerte al merluzo de su marido, magníficamente interpretado por Jean Desailly, a quien el director llegó a odiar durante el rodaje. Me atrevo, sin embargo, a decir que por mucho que esto se dé más bien poco en la vida real, por alguna razón en arte es una forma de muerte del macho más que verosímil, muy verdadera, perfectamente coherente en una mujer fálicamente empoderada. ¿Es, no obstante, una representación verdaderamente femenina? ¿O es la representación masculina de una mujer empoderada?

El caso es que Sebastián Lelio parece ser un director que se identifica particularmente con las mujeres, con filmes que acogen personajes femeninos fuertes que se enfrentan a contextos que limitan el desarrollo de sus afectos: los perjuicios religiosos para con el amor lésbico, en Disobedience; las circunstancias personales y sociales en relación con las segundas oportunidades sexuales y amorosas en el otoño de la vida. En relación con este tema, cabe destacar –y esto ya fue una muy notable aportación en la versión de 2013– que el director rompe un tabú cinematográfico: la exhibición de desnudos de cuerpos trabajados por la vida, el sexo en las proximidades de la tercera edad (tal vez esto más en la versión chilena que en la de habla inglesa, porque, a pesar de todo, difícilmente no se exagera cuando se habla en tales términos de decrepitud con referencia a Julianne Moore, quien sigue estando estupenda); actitud y posicionamiento que se subraya en el filme con el gesto de arrancar el cinturón terapéutico que lleva el personaje de John Turturro, que en la ficción –claro está– se ha sometido a una operación de implantación de un balón intragástrico.

La última película de Lelio, un director que visualmente crea unos filmes de factura muy clásicamente norteamericana, con una eficacia en el uso de los códigos visuales el lenguaje cinematográfico que cada vez echamos más en falta en el cine europeo, aporta un nuevo personaje, Gloria, a un tipo de heroina cada vez más frecuente en el cine: la mujer que, frente a la búsqueda de la felicidad amorosa, es capaz de mantener su autonomía, personal y profesionalmente, frente a las exigencias, en gran medida limitadoras, del deseo masculino. Así lo hemos visto, por ejemplo, con Juliette Binoche en Un sol interior, de Claire Denis (2018), y también, en cierta manera, en algunos personajes que ha encarnado últimamente Isabelle Huppert (L’avenir, Elle, ambas de 2016).

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Ús de cookies

Aquest lloc web utilitza cookies per tal d'oferir la millor experiència d'usuari. Si continues navegant estàs donant el teu consentiment a l'acceptació de les mencionades cookies i de la nostra política política de cookies, fes click a l'enllaç per més informació.

ACEPTAR
Aviso de cookies