Dolor y gloria
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Salvador Mallo (Antonio Banderas) es un director de cine que lleva años sin dirigir una película, incapaz de dar forma fílmica a sus relatos. Los recuerdos de su infancia con unos padres (Penélope Cruz y Raúl Arévalo) que se esforzaban por darle lo mejor se agolpan en su cabeza. Los amores primerizos regresan como un rompecabezas casual. Del mismo modo, otros amores más maduros aparecen para explicar su desenlace. El dolor físico acecha y le desespera… Ha llegado el ocaso en su carrera tras haber pasado ya muchos años de un gran éxito e inactividad.

España ha cambiado muchísimo desde los años 60, una época de movimientos migratorios a partir de los que muchísimas familias buscaban un futuro mejor para sus hijos. Más tarde, tras la llegada de la democracia en los años 70, se vivió el esplendor creativo de los 80 en un ambiente de recién estrenada libertad -contexto en el que Almodóvar fue sin duda uno de sus protagonistas-. Y hoy en día asistimos al necesario auge de movimientos tan necesarios como el feminismo o el movimiento LGTBI.

Todos estos elementos, presentes en la vida del propio director, forman el telón de fondo de Dolor y Gloria, cada uno ubicado en su salto temporal, algunos con más intensidad y otros mediante una mera pincelada. Y por delante de este telón, aparece lo más característico en el cine de Almodóvar: sus personajes. En esta ocasión, Antonio Banderas se convierte en su títere principal y se deja moldear para convertirse en el alter ego del director manchego, caracterizado para lograr incluso cierto parecido físico con él. Se trata de un genio derrotado, desesperado y necesitado de encontrar una respuesta terapéutica a sus dolores físicos. Banderas imita -que no interpreta- su forma de hablar, de mirar, de caminar. Almodóvar usa a Banderas como un antifaz para no ponerse a sí mismo ante la cámara. 

Penélope Cruz y Julieta Serrano, por su parte, encarnan a la madre del protagonista en sus distintas edades. Estos personajes son una mirada tierna a la relación madre-hijo durante la infancia, momento en el que estallan las inquietudes culturales y los primeros deseos del protagonista, pero también durante la edad adulta, cuando la madre se prepara para dejar este mundo y las conversaciones íntimas se multiplican. Si bien Almodóvar ha abordado en otras ocasiones el vínculo materno filial, en Dolor y Gloria alcanza su máximo esplendor precisamente porque dota la temática con su experiencia más íntima y personal, llegando a conmover al espectador.

Destaca también Asier Etxeandia, que se estrena a las órdenes del director manchego con un personaje canalla, drogadicto y descarado, ávido de vivir un nuevo éxito tras haber protagonizado el último trabajo de Salvador Mallo. Etxeandia se afea y se transforma en el personaje, llenando la pantalla, como bien nos tiene acostumbrados.

Tengo que reconocer que, después de ver Los amantes pasajeros (2013), caí en el error de pensar que no volveríamos a disfrutar del mejor Almodóvar. Con Julieta (2016), recuperé cierta esperanza, pero seguí echando de menos a lo mejor de este ilustre manchego… Pero con Dolor y Gloria, por fin Pedro me ha convencido de que aún le queda mucho que decir. Con esta película, Almodóvar invoca a lo más personal, de nuevo entrecruzando historias y momentos que desaparecen para luego encajar de forma perfecta en su puzle argumental, seduciendo de nuevo a un público al que le faltan palabras para explicar su sinopsis.

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