Mula
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Se dice que en 1970, a raíz del estreno de Dos mulas y una mujer, Don Siegel, preguntado por la segunda mula del título -teniendo en cuenta que los dos protagonistas sólo llevan una bestia de carga-, respondió, entre socarrón y caballeroso: «La otra mula es Clint Eastwood». ¡No hubiera sido de recibo contestar que la mula era la hermana Sara, ni aún menos Shirley MacLaine! Y hete aquí que, casi medio siglo después, en el último tramo de su carrera -un currículum que es su propia vida, porque el terco Eastwood es cine y morirá, probablemente haciendo cine- el viejo Clint, encorvado, con carraspera, afectado de un deterioro físico bien visible, ha rodado y protagonizado Mula, The mule –cuyo título parece un homenaje a su maestro y amigo Don Siegel–, filme que se basa en la verdadera historia de un tal Leo Sharp, de 87 años, sin antecedentes penales y detenido por estar en posesión de más de 100 kg de cocaína, de cuya existencia y tribulaciones el cineasta tuvo conocimiento leyendo las páginas de sucesos del New York Times.

Este film -con guión de Nick Schenk (Gran Torino)– no es un testamento artístico: eso Eastwood -el director de cine, pero también la estrella, el mito Eastwood-, ya lo hizo hace poco más de 10 años, con Gran Torino. La película es, más bien, un epílogo a la carrera de este actor y director americano. Porque, a partir de Gran Torino, lo que nos ha ido dando Eastwood, con diferente resultado, son bises, propinas, películas pequeñas desde el punto de vista del presupuesto que son comentarios a pie de página a la actualidad, lo que viene a suceder cada vez que el cineasta, absolutamente desvinculado de Hollywood, se siente con ganas de tomar la cámara, como el personaje de Sin perdón la pistola, y reúne a sus muchachos para dar salida a su pulsión fílmica, a una voluntad de expresarse de la manera que más concuerda con su propia naturaleza, es decir, mediante el cine.

Mula Eastwood

Tras una obertura que se inicia en 2005, en que se nos pone en situación y vemos a Earl Stone, el personaje protagonista, recibiendo como horticultor un premio de jardinería, al propio tiempo que olvida que su familia lo está esperando para iniciar la ceremonia de boda de su hija (Alison Eastwood), se produce una elipsis de 12 años, cuando reencontramos al pequeño empresario, que se ha arruinado a causa del comercio electrónico, entregando a sus trabajadores la carta de despido. Ha perdido su negocio, tiene la vivienda embargada y su familia lo rechaza. En tal tesitura, Earl, un abuelo simpático que tiene un cierto parecido físico con determinado actor (más de una vez le dicen que recuerda a… James Stewart), acepta la oferta del cártel de Sinaloa y, ciudadano medio norteamericano de limpio historial –sin ni siquiera una infracción de tráfico– se convierte en transportista de la droga. En este punto la película deviene una especie de road movie criminal en clave de comedia, estructurada -incluyendo los correspondientes intertítulos superpuestos– a partir de las diferentes cargas o viajes (13, claro está), que el anciano, un fantasma para las autoridades, efectúa a instancia de los narcos.

Asistimos, con un fondo de música de Dean Martin, Hank Snow y otros compositores favoritos de Eastwood, a la persecución por parte de los agentes antidroga de este insospechado jinete pálido que se desplaza, al volante de vehículos cada vez más potentes y con mayor capacidad, a través del majestuoso paisaje del Oeste americano. La suculenta remuneración de la organización criminal permite al viejecito venerable no solo recuperar la propiedad embargada, sino también la estima de su comunidad -hace donación de fondos para el desvencijado local de la asociación de veteranos de la guerra de Corea–, alguna aventura galante y pagar los estudios de su nieta.  Earl Stone recupera el afecto de su familia, pero -no sin ironía– con un alto coste personal: en esto se revela la capa de sentido más rica de un relato eastwoodiano que pone al descubierto las miserias de un modelo de sociedad que, de alguna forma, deviene la cara diurna, blanqueada, de una economía delictiva.

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