Una adaptación, pretendidamente humorística, del clásico cinematográfico Ben-Hur basado en la novela de Lewis Wallace, tropieza en el Teatro Coliseum. Con la excusa del humor y los efectos audiovisuales, la compañía madrileña Yliana coloca al espectador entre la espada y la pared.
La hilaridad se confunde con una dudosa amabilidad que pretende acercar esta historia de romanos a un público profano. Ben-Hur nos reta con un espectáculo sacudido de ritmos descompasados. Un accidente provoca las desventuras de Ben-Hur. En su detención, lucha y rebeldía, sin embargo, se verán reflejados los tres pilares sobre los cuales el espectador tendrá que decidir. Vayamos por partes:

1. La detención. Tal como Ben-Hur traicionado por Messala, nos sentimos prisioneros de una representación que humilla el intelecto. Y no sólo por lo que vemos y escuchamos, sino, por lo que nos vemos empujados a hacer. Sin embargo, nunca habría imaginado, todo sea dicho, que sería capaz de adentrarme tanto en el papel de un esclavo romano. La buscada interacción con el patio de butacas somete algunos espectadores desdichados a exponerse públicamente al escarnio.
2. La lucha. A Ben-Hur hay espacio para proyecciones cinematográficas, efectos sonoros, canciones y un humor de pesada digestión. Las cuestiones técnicas funcionan, pero la historia nos señala el abismo de una comicidad exagerada y lejana. La lucha por encontrar aspectos positivos me privaron de huir. Eso, y que estaba sentado en el centro de la fila.

3. Rebeldía. El humor como herramienta de transformación, de nuevas miradas y, incluso, de puro divertimento, aquí se pasa de rosca. Ya no hay marcha atrás. Como si nuestro nivel de comprensión hubiera quedado reducido al de una merluza ante las explicaciones de un oso hormiguero antes de zampárselo, la obra se debate entre la astracanada y el mal gusto. Y lo que pretende ser un acto rebelde, se convierte en una concatenación esperpéntica de tópicos que en una sociedad progresista se deberían desterrar.
Es cierto, sin embargo, que la dirección de David Ottone y Juan Ramos parece querer acercar Ben-Hur a un público joven, con una propuesta divertida y absurda. Y a pesar de que se intentan poner de relieve aspectos actuales como la reivindicación de la mujer, estos se le giran en contra. Quizás porque de tanto tensar la cuerda, la inteligencia del patio de butacas queda en entredicho. Por todo ello, este Ben-Hur se nos aparece un tanto haraposo.
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