Destroyer. Una mujer herida
5Nota Final
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7.0

Decepcionante film de género de Karyn Kusama, con una Nicole Kidman sobreactuada e irreconocible bajo el maquillaje.

1. Mujeres y cine

François Truffaut, creo que en Le plaisir des yeux, dejó escrito que se hacen películas para que salgan las mujeres y para que las vean las mujeres. Este mandamiento fílmico, muy nouvelle vague y a estas alturas, según cómo, políticamente no demasiado correcto, tenía que ver con una inclinación natural del autor de L’homme qui aimait les femmes, pero también con la constatación que, cuanto menos por aquel entonces, las parejas iban al cine y que la mujer era quien elegía la película que iban a ver. Muchas cosas han pasado desde entonces, en la oscuridad de las salas y en la vida, y algún día habrá que revaluar, quien sea capaz de hacerlo, si  en tiempos poscinematográficos -o multi- o poli- o ultracinematográficos-  las mujeres, sociológicamente hablando, tienen el “poder”  –softpower, ciertamente– que, conforme a la tesis de Truffaut, habrían tenido hace tres o cuatro o más décadas, y si –en tiempos de #metoo y de Netflix– la estructura subyacente a la institución-cine permanece o no como modelo explicativo, siquiera parcialmente, de la relación entre séptimo arte y público femenino.

Lo cierto es que, hoy día, sin que pueda decirse que ni por asomo la situación de la mujer se haya normalizado con referencia al hecho fílmico, resulta -¡afortunadamente!, y extraña tener que decirlo- perfectamente normal y posible que haya no solo mujeres en la pantalla, o mujeres que firman guiones, sino mujeres que se ponen tras la cámara y mujeres que producen películas. Y entre las que dirigen películas podemos mencionar nombres de los que no cabe prescindir en un panorama del cine contemporáneo, como Agnès Varda, Chantal Akerman –prematuramente desaparecida– o Liliana Cavani (su Portero de noche es, para quien esto escribe, una obra maestra indiscutible que pese al éxito no ha recibido aún la valoración crítica que merece) o Claire Denis, que acaba de estrenar High life, todas las cuales pertenecen a la órbita que podríamos llamar europea. Pero también hay mujeres dirigiendo en la industria cinematográfica norteamericana, entre las cuales tienes un lugar de honor -y no solo por oscarizada- Kathryn Bigalow, una de las grandes cineastas en activo.

2. De Bigalow a Kusama

Y llegamos así a la película que comentamos: Destroyer, dirigida (relativamente) por Karyn Kusama y protagonizada (en exceso) por Nicole Kidman. El tema, y es curioso que sea una constante en la cinematografía de muchas mujeres directoras, como Denis o Bigalow, es algo tradicionalmente tan masculino como la violencia, aquí ejercida por una mujer.

Así esta película de Karyn Kusama trata de venganza a través de violencia física y no puede entenderse, en lo que es y en lo que le falta, sin tener en cuenta un film ya antiguo de una de las maestras que acabamos de mencionar, Kathryn Bigalow y su magnífico Point Break, del año 1991, que Kusama y Kidman, con escaso acierto, actualizan (creo que inconfesadamente) poniendo a la australiana en el lugar de Keanu Reeves y simplificando -y trivializando- el sinfín de puntos de tensión narrativa que hay en el film anterior, en favor de un relato bastante tramposo montado a base de elipses en dos tiempos, el presente y un pasado que se sitúa años antes -tantos como tiene la hija de la policía-, cuando se produjeron los hechos que determinan la destrucción física y moral de la protagonista y el afán de venganza que la mueve.

Si Bigalow acertó a construir una excelente película a partir de un tema tan poco convencional como la peripecia de un agente novato del FBI destinado a Los Ángeles que, por fidelidad a un veterano del cuerpo, acepta infiltrarse en una secta de surfistas que, mediante atracos a bancos -que perpetran bajo la máscara de ex-presidentes norteamericanos-, financian sus viajes mundiales en pos de la Gran Ola, en el film de Kusama tenemos a una policía de Los Ángeles que (fusión del veterano y el joven de su modelo) vive obsesionada por encontrar al líder de una secta atracadora de bancos, responsable de la tragedia que haría fracasar la misión y marcaría su vida.

Pero si en la cinta protagonizada por Reeves, Bigalow lograba una certa renovación del género, además de secuencias antológicas por el virtuosismo y la agilidad con que, con limitación de medios, están filmadas -la llegada a la oficina del FBI, el asalto a la casa de la banda- o que por su originalidad permanecen en la memoria del espectador -las escenas de surfeo, el salto colectivo al vacío desde un avión como prueba de fidelidad al grupo-, de este film de Kusama probablemente quedará poco más que la imagen de una Nicole Kidman irreconocible bajo el maquillaje y los elementos de caracterización que lleva encima. Una Kidman sobreactuada que, sin que nadie le de réplica, domina casi todas las escenas, con la única excepción de la conversación madre-hija, donde la joven Jade Pettyjohn consigue mantener un cierto duelo actoral con la australiana.

Más allá de esto, poco más: un toque muy El padrino, quizás lo mejor de la película, en la secuencia del encuentro con el blanqueador del dinero de la banda -interrumpiendo el diálogo con la agente con los gritos  dirigidos a su hijo, que trabaja fuera, en el jardín-, el detalle de los billetes al principio y al final -motivo y circularidad inspirados en Un mundo perfecto de Clint Eastwood- y el hecho anecdótico de que esta película será quizás la última en que aparezca un escenario mítico como el entorno del puente de la calle 6 de Los Ángeles, tantas veces fotografiado en la historia del cine -de Grease a Gru-2, mi villano favorito, pasando por Terminator o La máscara– y escenario del videojuego Grand Theft Auto. Construido en 1932, la corrosión del cemento ha obligado a demolerlo.

Un film, en definitiva, absolutamente prescindible, excepto para incondicionales de Nicole Kidman.

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