El vicio del poder
6.7Nota Final
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7.5

En 2015, Adam McKay quiso combinar el espíritu didáctico, la ironía y el entretenimiento para explicar el entramado de corrupción y ambiciones sin escrúpulos que provocaron la crisis económica actual en “La gran Apuesta”. Este 2019 intenta repetir la jugada con “El vicio del poder”, cambiando de tema pero manteniendo el estilo discursivo. Y esta vez se fija en uno de los políticos más crontrovertidos de la historia reciente, que llegó a ser vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney.

A sus 20 años, Dick Cheney (Christian Bale) era un bala perdida sin mucha habilidad para los estudios y demasiado gusto por los vicios, sobre todo el alcohol. Hasta que un día su novia, Lynne (Amy Adams), harta de ser la pareja de alguien que va para perdedor, le da un ultimátum: o espabila o lo deja. Y Cheney opta por lo primero. Para empezar, consigue un trabajo como asistente en prácticas de Donald Rumsfeld (Steve Carell). Y desde allí, con una actitud de hablar poco y escuchar y aprender mucho, irá abriéndose camino en los círculos de poder de Washington. Jefe de gabinete del presidente Gerald Ford, presidente de la empresa petrolera Halliburton o Vicepresidente de George W. Bush (Sam Rockwell) fueron algunos de los peldaños de su ascenso imparable.

El vicio del poder

Hace unos días, cuando Christian Bale recogió el Globo de Oro al mejor actor por su papel en “El vicio del poder“, dio las gracias al diablo por haberlo ayudado a construir el personaje que seguro también le llevará a las nominaciones a los Oscar. Su transformación, al igual que las de sus compañeros Steve Carell o Sam Rockwell , es uno de los rasgos más destacables de esta película que, a través de una figura política, habla sin rodeos de unos cuantos males de nuestra sociedad y, por inclusión, de nosotros mismos.

En sus guiones, a McKay le gusta diseccionar el tema o personajes entre manos, y servirlos al público de una forma casi documental que busca ser a la vez informativa, aleccionadora y mordaz. Y si bien el tema escogido en su anterior film tenía un alcance más evidentemente global, capaz de interpelar más directamente al público al que se dirige abiertamente desde la pantalla, la figura que ha escogido aquí encarna de forma idónea las vertientes del discurso que quiere transmitir. Un hombre de inicios mediocres capaz de servirse de las debilidades de los demás, de los egos de los más listos y de una sociedad embaucada con el entretenimiento banal, llega a ser capaz de manejar los hilos del poder para perpetrar todo tipo de atrocidades con efectos en todo el mundo.

El vicio del poder

Sin embargo, la elección de Cheney como vehículo para su discurso también entraña riesgos para “El vicio del poder“. Uno de ellos es que el protagonista quede lejano a parte del público. Es posible que los que no sientan interés por la figura de Cheney o la política norteamericana, no conecten tanto con la historia ni capten un sentido del humor a menudo más sutil y menos globalmente empático que el que usaba en “La gran Apuesta” . La otra es que la frialdad del personaje se contagie a ratos a la película. Y también que aquí, los saltos forzados por el recorrido temporal que tiene que hacer la historia hacen que el discurso no le haya tomado la forma de un tramado más compacto.

En conjunto, “El vicio del poder” se queda más corta en sus ambiciones que su predecesora. Y sin embargo, en el convulso mundo político y mediático actual, sus reflexiones y la manera de abordarlas de Adam McKay vuelven a convertirse en un ejercicio interesante y necesario.

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