Entre dos aguas
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Doce años después del documental ficción La leyenda del tiempo, Isra Gómez es ya un hombe adulto, padre de tres hijas, acaba de salir de la prisión y sigue buscando su sitio en una sociedad en crisis.

Dos aguas -puede decirse- son las que bañarían a San Fernando, Cádiz –extrapolando un tanto la cercanía del estrecho, por la confluencia del Océano Atlántico y el Mediterráneo–, localidad que constituye el escenario donde transcurre el último film de Isaki Lacuesta, galardonado por segunda vez con la Concha de Oro del Festival de San Sebastián. Dos aguas y también dos desapariciones, la de Camarón (1992) y la de Paco de Lucía (2014) -nacido en  Algeciras– que enmarcan La leyenda del tiempo (2006) y Entre dos aguas (2018), las dos películas que Lacuesta, en un particular y confesado experimento truffautiano sobre el paso del tiempo, ha dedicado a los hermanos Gómez Romero, Israel y Francisco José, Isra y Cheíto. Y en particular al primero, quien -Antoine Doinel gitano y gaditano–, huérfano que, habiendo perdido al morir trágicamente su padre supuestamente la voz que hacían de él una promesa del cante, quería ser de mayor guardia civil o capataz de obra, “de los que mandan a los otros”, y que 12 años después reencontramos aquí, ya adulto, saliendo de 3 años de prisión, adonde lo han llevado sus trapicheos con droga. El protagonista debe elegir (¿puede hacerlo?) entre su destino probable, esto es la pulsión de su pasado y la venganza del padre o la inserción en la sociedad y la familia. Este último camino, el llamado bueno, es el que ha seguido ya Cheíto, su hermano, que se ha convertido en cocinero en un barco de la Armada y alterna los permisos en tierra como responsable padre de familia con las misiones de vigilancia en el Índico -dentro de la operación, ay, Atalanta; el nombre no se menciona en la película, pero sabemos que es el que recibe esta operación de la Unión Europea contra la piratería marítima, en que participa el ejército español.

Entre dos aguas

Dos aguas, dos muertes que son en realidad una, la del padre, o Una, la Muerte -la historia que Isra quiere tatuarse en la espalda–, y que aquí, casi embalsadas, mezcladas, arcillosas, con un gran puente que atraviesa el paisaje, materializan el drama edípico del protagonista, el Hamlet gitano Isra, quien, ante la prohibición de su mujer de regreso a casa hasta tener la seguridad de que ha cambiado de vida y dado que, asimismo, cree que ha ido a prisión por la delación de su propia madre, se instala en la playa llamada de la Casería, cerca de la madre, e inicia su proceso de reelaboración interior. La suerte, sin embargo, casi queda echada en la escena del bautizo (genial hallazgo de Lacuesta, el de la pintoresca comunidad evangélica y el grupo de hermanos que asiste a los condenados): el film nos muestra la procesión hacia la playa industrial, los ritos del sacramento en el mar barroso y la inmersión de los neófitos, que se desnudan del hombre viejo. Isra renuncia a hacerlo. A partir de entonces el reencuentro con la madre tal vez ya no será posible y deberá tratar de reconciliarse con su hermano, lo que dará lugar a una de las escenas más intensas de este falso documental, donde los actores se interpreten a sí mismo, incluso cuando, como es el caso, lo que se explica no siempre ha sucedido.

Pese a la fuerte impresión de realidad, los recuerdos fílmicos -inevitable memoria cinéfila- surgen también aquí, en los 135 minutos de duración de una película que no se hace larga. El salto desde el puente que, sin el misticismo laico de Accatone, nos invita a pensar en la apuesta de Franco Citti. Los amigos, que nos hacen pensar en Pasolini, cierto, pero también en el Fellini de I Vitelloni (la venta de la imagen). Los pajaritos enjaulados, que nos recuerdan una película mítica de tema carcelario: El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, en inglés), de John Frankenheimer, con un Burt Lancaster que proyecta sus ansias de libertad en el amaestramiento y el cuidado de aves. Y la sublimación esperpéntica de este motivo: el pollo campero que debe ser sacrificado en el banquete con los amigos, prisionero entre las rejas de un carro de supermercado puesto boca abajo.

Una curiosidad, para acabar: si tenéis ocasión de ver esta pel·lícula en el Cine Truffaut de Girona, que no es mal sitio para visionar film de este director gerundense, dad un vistazo, a la entrada o a la salida, al espacio de descanso que hay en el vestíbulo, donde hallareis un pequeño museo del cine de Lacuesta, con carteles firmados de sus películas. Encontrareis, sobre el póster de La leyenda del tiempo, la firma y las palabras del pequeño Isra.

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