Lazzaro feliz
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Alice Rohrwacher construye con mano maestra, a partir de la memoria fílmica del neorrealismo, una fábula sobre la injusticia social en la Italia contemporánea.

Pequeña obra maestra, la tercera película , y consagración de la directora como referente del cine italiano más reciente, Lazzaro feliz es, traída al presente y en plena Italia cinque stelle, como una de aquellas «florecillas» franciscana que, desde la ingenuidad y directamente al corazón, relatan los hechos y aventuras de Francesco y los primeros hermanos en la orden, y que fueren llevados a la gran pantalla por Roberto Rossellini el 1950, con el imprescindible y tierno Francesco, gioglare de Diò [Francisco, juglar de Dios].

Alice Rohrwacher (y tendremos que aprendernos el apellido paterno de esta realizadora italiana, porque, todavía joven -nació en 1981- se ha ido revelando como una de las grandes narradoras cinematográficas del cine europeo actual), aprovecha los motivos o, por mejor decir, quizá, la memoria fílmica del neorrealismo, uno de los momentos culminantes de la breve historia de este joven arte que es el cine, para tejer, en el tono y en la forma y también en el espíritu del Poverello (¿a quién le extraña, a estas alturas, que pueda hacer eso una artista que se declara poco o nada religiosa?), una fábula -filmada en analógico- sobre la injusticia social en la Italia contemporánea (incluidos bancos), a partir de las peripecias de un grupo de campesinos dedicados al cultivo de tabaco en una remota e imaginaria finca llamada Inviolata, la aristocrática propietaria de la cual ha mantenido incomunicados a sus trabajadores, que viven en condiciones medievales de servidumbre, sin saber que el régimen de explotación de la tierra a que se creen vinculados fue abolido hace siglos.

La primera parte, bien marcada, tiene un aire de documental etnográfico y podria recordar, aunque con menos preciosismo visual, La terra trema de Luchino Visconti. En este tramo del film se nos presenta el mundo de Inviolata, el entorno semifeudal en que vive el protagonista, y la vida de este, Lazzaro, una especie de tonto del pueblo, buena persona y simple de espíritu, explotado por los explotado, siempre dispuesto a ayudar a todos y a asumir tareas propias y ajenas, sin quejarse jamás. Concluye con el hundimiento de este mundo al llevar la casualidad a los carabinieri hasta la finca, donde descubren estupefactos la situación de los habitantes, con detención de los propietarios y evacuación de los campesinos hacia la civilización industrial. En este punto se produce una fractura magistral del relato fílmico, con una peripecia del protagonista que, en sus detalles, debemos reservar al espectador.

En la segunda parte, Lazzaro, superhéroe neorrealista poético, vence a la muerte -real o ficta– porque su bondad natural es reconocida por el lobo de Gubbio, que le trasmite su poder de animal totémico y genius loci de Inviolata. Y es como genio de este piccolo mondo antico,  esa Italia milenaria perdida por la corrupción y las vacias promesas del gobierno, que Lazzaro, como si fuera uno de los personajes de Uccellacci e uccellini, se dirige hacia la Ciudad (Turín). Lazzaro revive, o no muere, y como Totò y Ninetto Diavoli en la fábula pasoliniana, sigue su ruta, a través de páramos ribeteados de bloques de pisos (Mamma Roma pero también  Mani sulla città), por un mundo de maravillas que es una Italia entre mágica y apocalíptica, donde el personaje vivirá extrañas aventuras y se topará con viejos conocidos.

Lazzaro feliz

El rubicundo Adriano Tardiolo, el actor protagonista, a pesar de debutar en esta película, tiene una autenticidad que irradia cine por los cuatro costados. Él personalmente recuerda, más contenido, al propio Ninetto Diavoli -el actor fetiche del último Pasolini-, però su personaje nos invita a pensar en una versión ad divinis de Being there [Bienvenido, Mr. Chance], la fantástica comedia dirigida por Hal Ashby el 1979, con Shirley MacLaine, donde un espléndido Peter Sellers bordaba el rol algo chapliniano de un jardinero autista que conoce el mundo a través de la televisión y que, habiendo sido despedido tras la muerte del señor, debe enfrentarse desde la inocencia con el mundo exterior, hasta acabar siendo considerado un guru de la política.

Nuesto Lazzaro -incorruptible y, por tanto, eternamente joven–, zombie de bondad, acaba encontrándose con un grupo de vecinos de Inviolata, que malviven sin trabajo en un no-lugar de la gran ciudad -un espacio ocupado en los terrenos del ferrocarril, junto a las vías–, convertidos en ladrones y timadores. Como buen genio del lugar, como espíritu de Inviolata que ha venido del pasado al rescate de los suyos, el proyecto que Lazzaro el puro hace manar en el corazón de los antiguos siervos, tras el episodio mágico de la música -digno de un Fellini, no se lo pierdan–, es el regreso utópico a la tierra amada, que les espera ahora ya sin amos.

Feliz como Lazzaro, el espectador, en este film tan bien narrado -bello y triste però que, a la vez, se deja ver con la sonrisa en los labios-, casi espera que el carro que empujan los campesinos subproletarizados levante el vuelo, impulsado por los vientos de la utopía, como las bicicletas de ET o, claro, escobas de Milagro en Milán. Lazzaro, sin embargo, es un lobo santificado perdido en la Ciudad (Alice Rohrwacher no teme a las alegorías, y triunfa en el desafío), però su instinto bondadoso –mediador entre mundos opuestos– lo lleva a sacrificarse también por los propietarios.

En cuanto a la labor actoral, cabe destacar el buen hacer de Alba Rohrwacher (en el papel de Antonia de adulta), hermana de la directora -protagonista asimismo de El país de las maravillas, film anterior de la misma- y, en un papel a medida, Sergi López (Ultimo, pareja de la anterior); asimismo, conviene recordar la presencia, de vuelta al cine, de Nicoletta Braschi (La vida es bella), en el papel d’Alfonsina de Luna, la marquesa propietària d’Inviolata. Y, finalmente, el excelente trabajo de Tommaso Ragno, que da vida a Trancredi, el hijo de aquella, el cual, en este panorama de excedentes socials, aparece siempre acompañado de un perrito que evoca Flike, la mascota del menesteroso funcionario jubilado protagonista de Umberto D., de Vittorio de Sica, una de las obras mayores del neorrealismo italiano.

Lazzaro feliz ha ganado, en la edición de este año del Festival de Sitges, los premios Especial del Jurado, de la Crítica Josep Lluís Guarner y a la Mejor Película del Jurado Joven, y fue galardonada con el premio al Mejor Guión en el Festival de Cannes.

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