Petra
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Jaime Rosale afronta el fin del patriarcado en una tragedia griega a la moderna y logra un film muy personal, sobre el arte y la vida, la verdad y el destino, la búsqueda de la propia identidad y los secretos de familia.

Stille Wasser sind tief”, las aguas tranquilas son profundas. Desconfiad, mortales, del agua mansa. Este refrán alemán puede servir perfectamente para referirnos a Petra, sexta película rubricada por el barcelonés Jaime Rosales, quien, a partir de un guión propio, elaborado conjuntamente con Michel Gaztambide y Clara Roquet Autonell, nos ofrece una fábula contemporánea en clave de tragedia clásica que habla del arte y la vida, de la verdad y el destino, de la búsqueda de la propia identidad y de secretos de familia. Todo ello con una estructura dividida en siete capítulos que, como cartas del tarot, se nos van presentando desordenados en el tiempo, abiertos a la contemplación, a la compasión, a la revisión del público. Nada más alejado del cine de acción y de palomitas. Si algún desavisado asiste a la proyección de Petra, pronto advertirá que ante sus ojos de desarrolla la celebración de un culto, la representación de una especie de rito donde el director es el maestro de ceremonias y los actores son más bien máscaras que vehiculan contenidos muy profundos del inconsciente de la época. El tema último de la película sería, tal vez, el fin del patriarcado y una sororidad (‘solidaridad de género entre mujeres’) que tanto puede plantearse como un nuevo tiempo utópico como sugerir un retorno a un matriarcado primigenio. ¿Temas graves, lector? Antiguos, muy antiguos, pero a la vez actuales, de nuestro presente, desde la violencia de género al movimiento #metoo.

Petra

El director ha impuesto a sus actores un estilo interpretativo de tipo bressoniano y les hace afrontar las múltiples situaciones extremas que plantea el guión desde una contención extraordinaria, completamente despojada de cualquier impregnación retórica, que contrasta con la respuesta que el cine había venido dando a situaciones análogas. Así, por ejemplo, en Sandra (Vaghe stelle dell’orsa, por su título italiano), de Luchino Visconti, película magistral que, aunque con un tratamiento formal y dramático muy diferentes, ofrece afinidades con la de Rosales, más allá del título con nombre de mujer; concomitancias temáticas y un propósito de actualizar la tragedia clásica, como vía de denuncia de determinadas estructuras sociales. El sentido del tabú está muy presente en la cinta, con una púdica cámara -tal vez el principal hallazgo del film- que, con gran elegancia, nos muestra, como flotando, a través de una serie de casi hipnóticos planos secuencia, una visión panteísta de la trama, remitiendo permanentemente a la naturaleza y, en general, al entorno -el Ampurdán, la Sierra de Madrid, la casa del pintor, la de la joven pareja– en que se desarrollan las escenas. Extraordinariamente lograda también la inquietante y atmosférica banda sonora a cargo del danés Kristian Eidnes Andersen (Anticrist, Nymphomaniac, de Lars von Trier), que evoca los coros de la tragedia griega y cumple una función estructural muy importante en la película. Música de premio, auguramos.

De vuelta a las interpretaciones, y como posibles candidatas -si es preciso– a futuros premios, destacaríamos dos actuaciones secundarias espléndidas. En primer lugar, la de Marisa Paredes, en el papel de la esposa vivida de un pintor de éxito, que tal vez por el entorno ampurdanés hace pensar en una Gala Dalí, pero también en una especie de aggionarmento de Felicidad Blanc (algo de El desencanto hay, en general, en la película de Rosales, sobre todo durante los primeros minutos). La otra interpretación que conviene retener es la de Petra Martínez (La soledad), en el papel de madre de la protagonista, Bárbara Lennie, aquí una joven artista que en su búsqueda de la figura paterna tiene la osadía de penetrar en el laberinto construido por Jaume (juego de espejos con el nombre de pila del director), el pintor-demiurgo encarnado con relativa solvencia por el debutante Joan Botey, actor no profesional  –descubierto según la leyenda durante la localización de escenarios– y propietario de la masía donde se rodó la primera parte de la película.

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