Ya hace más de una década que el cine surcoreano dejó de ser el secreto mejor guardado de las filmografías asiáticas. Año tras año nos llegan unas cuantas perlas que poco a poco se van abriendo camino hacia un público cada vez más amplio. Y en el Festival de Sitges tienen un lugar de honor destacado.

Burning

Lee Chang-dong es uno de sus exponentes más reconocidos. Escritor, intelectual y ex ministro de cultura, el realizador se atreve con la adaptación de un relato de Haruki Murakami: Barn burning” (Quemar graneros).

Rebautizada como “Burning” y dotada de entidad propia, la versión cinematográfica nos presenta en Jong-su (Ah-In Yoo) un joven repartidor y aspirante a escritor que un día se topa con Hae-mi (Jong-seo Jeon), una chica de la que era vecino de pequeño y que ahora hace trabajos ocasionales promocionando ofertas en tiendas. Enamorado de ella, el chico no dudará en aceptar cuidarle el gato mientras Hae-mi hace realidad uno de sus sueños, viajar a África. Pero cuando ella vuelve, las esperanzas románticas de Jong-su se verán perturbadas cuando Hae-mi le presenta a otro chico que conoció durante el viaje, Ben (Steven Yeun), un chico más atractivo, más rico, más seguro de sí mismo y con una extraña afición.

Burning

Burning“, ganadora del premio de la crítica en el último festival de Cannes, es en manos de Lee Chang-dong, una película que se va construyendo desde un aparente minimalismo, encavalgando hechos y suposiciones, realidades y misterios, diálogos y silencios. Un torrente de reflexiones, metáforas, anécdotas y existencialismo hasta su incendiario final, en el que el director es capaz de convertir las escasas 20 páginas de la historia de Murakami en 150 minutos de metraje.

Ayudado de una excelente fotografía y banda sonora, Chang-dong explota los contrastes en su puesta en escena poética, casi onírica, jugando a la oposición de los espacios, la luz y los sonidos de la ciudad con los del campo. Y con ellos se remueve por temas como el desengaño amoroso, la diferencia de clase, el vacío del materialismo, la inseguridad masculina o la soledad.

Y lo hace, sobre todo, confiando en la inteligencia del espectador, sin sobreexplicaciones ni subrayados sobrantes. “Burning” es una de esas obras para un público que no busque tramas masticadas, una invitación a un viaje lleno de extrañeza y simbolismo, que al final ofrece el premio de llevarse a la salida del cine lo que cada uno haya querido interpretar y sentir de lo que se le propone.

Muere, monstruo, muere

La otra propuesta de la jornada es otra más de las que llegan desde el Festival de Cannes. “Muere, monstruo, muere” del argentino Alejandro Fadel se estrenó allí en la sección Un Certain Regard en la última edición.

Esta desconcertante y perversa película de terror empieza con la imagen de una mujer que ha sido decapitada, sosteniendo su cabeza entre un reguero de sangre y rodeada de ovejas y vacas en un pueblecito de los Andes.

Alejandro Fadel

El equipo de policía rural que investiga su muerte, irá encontrando otros cuerpos decapitados mientras intenta desentrañar un misterio que podría estar provocado por un monstruo o por un ataque de locura.

Con filias reconocidas que van desde Buñuel a Carpenter, el segundo film de Fadel le ha resultado un peculiar combinado de terror, gore, humor, romanticismo y reflexiones filosóficas alrededor de conceptos como el poder o el miedo.

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