La cámara de Claire
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Con un retraso de meses respecto de su estreno en Francia, llega a nuestra pantallas La cámara de Claire, del coreano Hong Sang-Soo, director bien conocido en el país vecino y tan amante de Truffaut y de Rohmer que casi podríamos decir que es el más oriental de los cineastas franceses.

No hay mal que por bien no venga, sin embargo, y el espectador que estas tardes de calor canicular busque la sombra refrigerada del cine disfrutará más este filme que si lo hubiese podido ver en los meses con erre, entre nieblas y preocupaciones invernales. Que ahora toca conectarse a la vida y este filme de Hong Sang-Soo –solar, pequeño y grácil–, con un actor y tres actrices que son maestros en su oficio y saben improvisar y aguantar cámara, tiene un metraje más que pasable, inferior a la hora y media que mandaban los cánones (exactamente 84 minutos), como una alegre ensalada de verano o un chispeante vino de aguja. Tiempo habrá de volver a manjares de mayor enjundia, a sumergirnos en transcendencias que aquí tan solo se insinúan (que haberlas haylas en el cine de Hong Sang-Soo, y en abundancia, y estamos, además, en el Centenario de Bergman), a regalarnos con estofados trascendentes y vinos de superior graduación intelectual y color cardenalicio. Ahora es momento de refrescarnos y –si es el caso que todavía no hemos podido irnos de vacaciones– hacer una escapada, sin movernos de la butaca, a la Costa Azul francesa, a Cannes nada menos, donde se rodó este delicioso juguete fílmico –no le llamemos experimento, porque tal noción conlleva algo de fracaso implícito, ausente aquí–, realizada en pocos días, durante el tiempo en que su actriz principal –Isabelle Huppert– promocionaba Elle, de Paul Verhoven, en 2016.

La cámara de Claire

Conviene advertir, no obstante, que lo que nos muestra Sang-Soo como escenario de su película no es otra cosa que el fuera de campo del festival, muy alejado del glamour cinematográfico. Este Cannes, pese a ser real, podría ser Sitges, o Cadaqués, o Fuengirola, porque el filme discurre entre mesas de almuerzo en la calle, o sobremesas en el interior de discretos restaurantes marineros o en otros escenarios de lo más normal, como por ejemplo entre los anaqueles de una biblioteca pública, entre el gesto espontáneo de acariciar a un perro (que quien sabe si no había ocupado indolente el improvisado set de rodaje: ‘Deja abierta la puerta el estudio, para que entre la realidad’, como aconsejaba Jean Renoir), o la contemplación distraída del mar. Todo ello parece indicarnos que Cannes es, además de ella misma, un pueblo marinero cualquiera, idéntico a tantos otras poblaciones turísticas del Meditarréneo –luz y mar, tiempo para perder y cervezas, o sake, para consumir–. Como son corrientes en el fondo las historias, o la historia, o mejor dicho las biografías que se entrelazan y que se vinculan a través de las fotografías de Clara, que son las de un director de cine, una joven empleada de una distribuidora que ha sido despedida y la jefa de esta, vinculada sentimentalmente con el hombre. Se trata de casos singulares, pero evocan patrones universales –y es por ello que despiertan nuestro interés–. Todo aquí es y no es; como el personaje del director, que se llama San-woo es y no es el propio Sang-soo, a pesar de la homofonía; y la actriz que, de nombre Man-hee, es y no es la bella Min-hee (Kim Min-hee), que ilumina los fotogramas de esta película y que en la vida real es considerada la musa y compañera sentimental del cineasta.

La parisenca Claire, improbable detective con gabardina godardiana, un personaje de alguna manera neutro, muy alejado de los que suele interpretar Huppert, flanea por el hinterland de Cannes con su Polaroid, y las fotos que hace a los personajes que va conociendo en su camino –espejito de cazar alondras– actúan como un reactivo que revela la realidad de los conflictos íntimos. “La única manera de poder cambiar las cosas es mirarlo todo muy lentamente”, dice Sang-Soo por boca del personaje de Huppert. Y ciertamente, tal como dejó escrito hace mucho Kracauer, nos gusta el cien porque entramos a la sala oscura a mirarnos, a volvernos a ver, y esta mirada nos transforma. El título de la película evoca el de un clásico de Rohmer, La rodilla de Clara, pero también, y aquí también se aprecia que en francófilo Sang-Soo no da puntada sin hilo, el libro que dedicó a la fotografía Roland Barhes (en España libérrimamente traducido como La cámara lúcida). Reverso de la cámara oscura este filme inspirado, ligero, refrescante y muy recomendable.

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