Disobedience
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Primer largometraje que su director ha rodado en inglés –y con un reparto completamente internacional–, Disobedience es el sexto film del chileno Sebastián Lelio, un realizador con una particular sensibilidad hacia el universo femenino y las cuestiones de género y que, desde hace ya años, viene ocupándose de temas que constituyen los grandes movimientos tectónicos de la sociedad contemporánea, como la redefinición de los roles sexuales o la necesidad de resolver la tensión existente entre individuo y colectividad.

Recuérdese al respecto su primer gran éxito internacional, Gloria (2014), acerca de una mujer madura que compensa la angustia por el paso del tiempo con su afición al baile, o la cinta inmediatamente anterior a Disobedience, la muy reciente Una mujer fantástica, que le hizo merecedor, este mismo año, del Oscar a la mejor película extranjera, cuyo hilo narrativo sigue la peripecia vital de una transexual que en vano trata de ser socialmente aceptada. Con Disobedience, Lelio efectúa una nueva aportación a dicha temática, ahora mediante la solvente adaptación cinematográfica de la novela homónima de la escritora anglojudía Naomi Alderman (2006), que narra el regreso circunstancial de la protagonista –Ronit Krushka, fotógrafa en Nueva York– a Londres, a causa de la muerte de su padre, rabino muy respetado en una sinagoga ortodoxa de la ciudad del Támesis. Durante los días que van desde su llegada hasta el funeral del padre, la exiliada (Rachel Weisz, que une en su persona, además, la condición de coproductora e impulsora inicial del proyecto) recupera los lugares de su adolescencia inglesa, marcada por el rigorismo religioso que rodea a la comunidad londinense, y retoma el contacto con la beata Esti (magistralmente interpretada por Rachel McAdams), antiguo amor de juventud ahora casada con un amigo común a ambas, el rabino Kuperman, discípulo predilecto del difunto y llamado a suceder a este al frente de la sinagoga.

Disobedience D'A Festival

Se trata de una película de pulso clásico, filmada con eficacia y una estudiada ausencia de estridencias, lo cual proporciona al conjunto un tono gélido y pese a todo sereno. Esta buena labor se manifiesta, por ejemplo, en el hábil estudio del régimen corporal de separación de sexos que rige el heterotopo de la comunidad religiosa, donde hombres y mujeres no pueden besarse ni tan solo entre parientes. Pero asimismo también en muchas y discretas estrategias formales. Así, en los planos cerrados y opresivos, o las vistas panorámicas con falsa cámara fija -que sabe crear tensión con un muy leve movimiento de aproximación–, o en el predominio de primeros planos que, gracias al espléndido trabajo actoral de la tríada protagonista –las mencionadas actrices y Alessandro Nivola, en el papel del marido–, saben transmitir la tensión interior de los personajes. O el tratamiento del color, dosificado en función del momento dramático.  O la dinámica estructural entre dentro y fuera –interiores para las escenas de comunidad, exteriores para los instantes de liberación de las protagonistas–, con el momento central de aquel interior externo constituido por la habitación de hotel donde las mujeres recuperan los atrasos del amor con una pasión caníbal. Lelio, que había sobresalido ya por las escenas íntimas de Gloria, donde filmó con verosimilitud cuerpos que había superado la primavera de la vida, plantea la escena del encuentro entre las magníficas anatomías de Weisz y McAdams con la misma voluntad de crear imágenes y rehuir tópicos que animaba la película chilena, en este y en otros aspectos –pero no siempre–, muchísimo más modesta. Así, lejos de tratarse de un interludio sexual de compromiso para justificar la carnaza publicitaria del film, en esta escena, que un cineasta menos hábil habría tramitado como mero paréntesis previsible repleto de lugares comunes, Lelio nos regala minutos de cine de una sensualidad intensa que probablemente pasarán a integrar los fondos del museo imaginario de los espectadores, hombres y mujeres. “La dulce boca que a gustar convida”, que diría Góngora, lujoso, documentado e improbable cinéfilo.

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