Rebelde entre el centeno
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“El guardián entre el centeno” es una de las obras maestras de la literatura norteamericana. Una historia que ha pasado por las manos del desencanto de una generación tras otra, que lleva más de 63 millones de ejemplares vendidos y que aún sigue vendiendo 250.000 libros cada año. Fue el gran y único éxito de su autor, J.D. Salinger, quien nunca quiso que se hiciera una adaptación al cine. Pero en 2010, el año de su muerte, Kenneth Slawenski publicó su biografía en “J.D. Salinger: A Life” y ésta, ahora sí, se ha convertido en película.

En 1939, J.D. Salinger (Nicholas Hoult) era un joven convencido de su talento como escritor que a pesar de todo había sido expulsado de varias escuelas por su carácter descreído e irónico. Incomprendido por su padre (Victor Garber) pero apoyado por su madre (Hope Davis) hará un último intento de asistir a clases de escritura en la universidad de Columbia. Allí, el profesor Whit Burnett (Kevin Spacey) no sólo le enseñará a convertirse en escritor sino también a replantearse su estilo y sus motivaciones ante la máquina de escribir.

Cuando los Estados Unidos entran en la Segunda Guerra Mundial, Salinger se alista y es enviado a Europa, donde vivirá las experiencias que le traumatizaron para siempre convirtiéndolo en un hombre hermético y reclusivo. Pero a su regreso, el joven que hasta entonces sólo había publicado algunos cuentos y relatos cortos, también llegaba decidido a escribir toda una novela dedicada a un chico llamado Holden Caulfield.

Rebelde entre el centeno

En una de las clases del profesor de escritura que interpreta Kevin Spacey, este reta a sus alumnos a escribir una historia que luego, incluso leída en voz alta en la entonación más monótona posible, sea capaz de atrapar al lector/oyente por sí misma. El joven Salinger lo consigue, pero desgraciadamente Danny Strong, director y guionista de “Rebelde entre el centeno“, no.

La película intenta ser un biópic sobre el enigmático autor de una de las obras capitales de la literatura. De hecho se esfuerza mucho en intentar cubrir todas las facetas de su vida familiar, amorosa, bélica, religiosa, estudiantil, psicológica, remarcando a cada rato su talento innato surgido de la nada. Pero lo que queda es una narración tediosa y sosa que no profundiza en ninguna de estas aristas. Y para suplir las carencias, intenta vestirse con un poco de salsa cinematográfica: música por aquí, montaje por allí, referencias al libro que sólo captarán quienes lo hayan leído, unos actores a ratos voluntariosos… No importa, por mucho que se disfrace, el esqueleto no cobra vida a lo largo de la hora y tres cuartos de metraje.

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