Un sol interior
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Karma discursivo

La propuesta inicial de adaptar al cine Fragmentos de un discurso amoroso (1977) de Roland Barthes desemboca en una comedia dramática muy personal de Claire Denis, donde Juliette Binoche conjuga con solvencia interpretativa gran parte de las posibilidades expresivas de un bello rostro maduro sometido a las inclemencias del amor

Con una docena de filmes, la veterana Claire Denis está poco presente en nuestras pantallas. Un sol interior, su última película –sin contar una reciente incursión en la ciencia ficción, todavía pendiente de estreno en Francia–, es el segundo largometraje distribuido en nuestras salas –tras Una mujer en África (2009)–, casi 30 años después de Chocolat (1988) –el primer título de su personal filmografía– que se iniciaba al cabo de una considerable experiencia como ayudante de dirección, que llevó en su día a la francesa a participar en films tan memorables como París Texas o Cielo sobre Berlín, del mejor Wim Wenders (1984 i 1987), o Bajo el peso de la ley, de Jim Jarmush (1986). En plena madurez artística, y el mismo año en que la Cinémathèque le dedicaba una retrospectiva, Un sol interior constituye el debut de Claire Denis en un terreno –la comedia– que, como mínimo desde los tiempos de René Clair, es –con alguna excepción– el género más doméstico del cine francés, aquel en que con mayor complacencia se expresan las claves nacionales y, probablemente también, el que resulta menos exportable. Téngase en cuenta que el currículum fílmico de Denis se caracteriza por la variedad temática, ya que la directora ha abordado multitud de géneros, subvertiéndolos para poner en evidencia, a menudo no sin polémica, las contradicciones, los tabús y las tensiones que vive la sociedad francesa. En este caso, la propuesta de un productor para rodar –aprovechando el Centenario de Roland Barthes– un filme inspirado en el ensayo Fragmentos de un discurso amoroso –obra de semiótica, y como tal difícilmente trasladable en crudo al cine–, se transforma, de la mano del guión de la mediática Christine Angot y la propia directora, en un largometraje que no se conforma con mostrar la anecdótica casuística del discurso amoroso, sino que denuncia la alienación del personaje protagonista, la bella Isabelle (Juliette Binoche), artista plástica de cierto éxito, frisando la cincuentena, separada y con niño, que tras una ruptura matrimonial se afana inútilmente por encontrar una nueva pareja y, a pesar de los continuos desengaños, no desfallece en la búsqueda del amor romántico.

Un sol interior

La estructura narrativa de Un sol interior es muy simple, y prescinde del alambicamiento argumental que suele acompanyar al epígrafe comedia. Lejos queda aquí cualquier forma de vodevil. Los espectadores asistimos a las sucesibas citas de Isabelle con diferentes hombres, casi siempre casados y en solidísima crisis matrimonial. El filme nos los presenta en escenarios vagamente hopperianos: bares de la última copa, solitarios trottoirs de madrugada, vehículos estacionados, el recibidor del domicilio de la protagonista… La cámara, sin embargo, nos deja siempre en la puerta del dormitorio de Isabelle. Filme de diálogos, son los discursos lo que interesan, el tejerse y destejerse del amor como lenguaje, como juego de espejos. Pero son los silencios y no las palabras los que acercan a los amantes, el abrazo después de la discusión ad limine de la puerta de la escalera, e inversamente serán las palabras –la institución del lenguaje– aquello que los distanciará. La relación más estable la establecerá Isabel con un hombre iletrado y la misma fracasará, precisamente, cuando la protagonista quiere hacerle entrar en el engranaje discursivo. Película, pues, de diálogos –la comedia es, ciertamente, un género del diálogo–, tal exhuberancia de palabras es, significativamente, una excepción en el cine de Claire Denis, autora de filmes muy visuales, que se complacen en la exhibición de cuerpos y rostros. Esto último, sin embargo, también aquí: con primerísimos planos de Binoche, que afronta su reto actoral en esta Bovary contemporania como un desafio personal ante el cuestionamiento de cierta crítica. No parece gratuita la afirmación que, bien integrada en el argumento, se pone en boca de su personaje: “Este es mi problema. Que mi cara no refleja mis pensamientos“. Y ciertamente Binoche, durante los 97 minutos de la película, pasa revista a gran parte de las posibilidades expresivaas que puede tener un rostro, para mostrársenos alternativamente ilusionada, iracunda, desesperada o, nuevamente, enamorada. Esta serie de duelos actorales, siempre con Juliette Binoche como protagonista absoluta, se resuelven en la larga escena final en casa del astrólogo, que se alarga hasta acabar los títulos de crédito. Es ahí donde se revela, definitivamente, la toma de posición de la directora. Poco le cuesta a Isabel, atada a esta especie de karma discursivo, prestar oidos a los consejos del vidente y recuperar la ilusión amorosa. La amarga crítica, expresada con gran sutileza, no puede entenderse sin atender a la breve secuencia inmediatamente anterior: el encuentro en el coche entre Valeria Bruni Tedeschi y Gérard Depardieu.

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