El museo de las maravillas
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El estadounidense Todd Haynes adapta el libro ‘Maravillas’ de Brian Selznick, un autor ya adaptado en “La invención de Hugo” por Scorsese. Después de “Carol”, Haynes se adentra en un cine más familiar sobre dos niños que buscan su identidad.

Los protagonistas son un niño y una niña que, en diferentes líneas temporales, emprenden sus viajes de investigación. En Ben (Oakes Fegley) ha perdido su madre (Michelle Williams) en un accidente de coche y vive con su tía y dos primos. Nunca llegó a conocer a su padre y no sabe nada más de lo que ha imaginado a lo largo de los años porque su madre nunca quería hablar defecto. El día que un rayo le deje sordo, encontrará por fin una primera pista que le llevará a viajar hasta Nueva York para intentar encontrarlo. Por otra parte, la Rose (Millicent Simmonds), una niña sorda que vive el final del cine mudo, la llegada del sonoro y admiradora de una de las estrellas de las películas (Julianne Moore), huye también a Nueva York en busca de emociones y de una comprensión que no encuentra en casa.

El museo de las maravillas

La historia de Rose que está rodada en blanco y negro, sin sonido, con una banda sonora musical que realza y subraya cada uno de los momentos contrasta con la historia de Ben situada en una Nueva York multiétnica y multicultural, en plena decadencia urbanística y al son de la música de color. Dos protagonistas infantiles en dos mundos muy diferentes que, en principio, no tienen nada en común excepto la sordera, el silencio que los rodea.

Haynes se adentra en el cine familiar después de “Carol” de una manera irregular. Sigue manteniendo la marca de calidad de la casa con este gusto delicado por la estética y la música (a cargo de Carter Burwell) que lo engloba todo. Pero “El museo de las maravillas” comienza confusa, cuesta saber donde irá a parar todo aquello tan dispar que te cuentan, pero es bastante interesante, mágico y tierno como para querer saber más. Después la maestría de Haynes sabe hacer confluir estos dos mundos tan aparentemente alejados. Con él se complementan y emocionan. Pero esta parte central del film se estropea con un desenlace demasiado explicativo, de aquellos que no acaban nunca de encontrar el punto final y con un exceso de azúcar, forzando la emoción que ya había llegado de manera natural y empalaga lo que podría haber sido un muy buen recuerdo.

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