Tras haber ganado la Palma de Oro de Cannes con ‘La vida de Adèle’, el director franco-tunecino Abdellatif Kechiche vuelve por cuarta vez a la Mostra de Venecia con ‘Mektoub, My Love: Canto Uno’, una recreación de lo que era ser joven en el verano de 1994 llena de luz y sensualidad, que ha generado disparidad de opiniones y polémica. Mejor recibido ha sido el western australiano ‘Sweet Country’ de Warwick Thornton. También se ha podido ver ‘Angels Wear White’ de la china Vivian Qu, la única película dirigida por una mujer que aspira a ganar el León de Oro.

Está claro que la nueva película de Abdellatif Kechiche, Mektoub, My Love: Canto Uno no recibirá el apoyo de la crítica y público de ‘La vida de Adèle’, su anterior film que le llevó a ganar la Palma de Oro del festival de Cannes. En esta ocasión adapta muy libremente ‘La blessure, la vraie’ de François Begaudeau, también autor de la novela adaptada por Laurent Cantet en ‘La clase’, otra ganadora de la Palma de Oro.

Ésta es sólo la primera parte, los prolegómenos, de lo que se supone que será una trilogía. Es esperable que, a medida que se estrenen las siguientes entregas y teniendo en cuenta el argumento del libro, se darán nuevos sentidos a algunos de los aspectos planteados por el director en esta primera entrega y se aclaren algunos de sus aspectos más cuestionables. Por lo tanto, cualquier valoración que se haga en estos momentos de esta primera parte estará a expensas de la evolución posterior de algunos de sus elementos.

Mektoub, My Love: Canto Uno

Mektoub, My Love: Canto Uno’ cuenta el verano de Amin, un joven francés de origen tunecino con aspiraciones de guionista, que tras pasar todo el año en París, vuelve a su pueblo al borde del Mediterráneo. Allí se encontrará con su familia, su primo Tony, que trabaja en el restaurante familiar, y con su mejor amiga, Ophélie, una campesina con una relación de pareja estable con un soldado en misión en el extranjero, pero dispuesta a relacionarse con otros hombres en su ausencia. Los tres irán de bares, a la playa y se relacionarán con turistas. Disfrutarán de las oportunidades que les ofrece el periodo estival. Pero a pesar de las continuas insinuaciones que recibirá de las mujeres que le rodean, la prioridad para el atractivo Amin será encontrar motivos para sus fotos o inspiración para su guión.

Kechiche nos traslada al verano de 1994 en una evocación subjetiva y personal. Un verano idealizado en el que la intensa luz del Mediterráneo lo invade todo, todos los jóvenes son guapos y atractivos, los conflictos motivados por la diferencia de cultura o religión – Amin y Tony son de origen árabe, Ophélie español y las turistas son francesas de toda la vida – no existen y el amor como condición para el sexo y el sexo a las primeras de cambio son perfectamente compatibles.

En ‘Mektoub, My Love: Canto Uno’ el arco dramático es mínimo y apenas existe evolución de los personajes. El objetivo parece ser ubicar al espectador en una época y en una actitud y presentarle a unos personajes. Parecen ser sólo los prolegómenos de una historia que se desarrollará en los cantos dos y tres.

Mektoub, My Love: Canto Uno

La película arranca con una secuencia de sexo magníficamente rodada que observa Amin desde la distancia. Una actitud que marca al personaje. Amin es sobre todo un observador, alguien que mira desde la distancia todo lo que ocurre a su alrededor sin lanzarse a las primeras de cambio. Un personaje anticlimático que marca el tono general del film.

Kechiche estructura su película en largas secuencias en las que sus personajes sobre todo, hablan, flirtean y discuten. Cámara en mano y moviéndose en las distancias cortas atrapa sus diálogos, sus expresiones, sus deseos y sus rechazos primando la naturalidad, sin subrayados dramáticos, ni juzgando en ningún momento a sus personajes o sus actitudes. Salvo en una ya polémica larga secuencia en una discoteca: para algunos la sucesión de cuerpos femeninos bailando en poses provocadoras es puro voyeurismo vacío de viejo verde; para otros, el contraplano de la mirada de Amin le da todo el sentido a ese sensual despliegue de anatomía femenina. Seguiremos informando en los siguientes capítulos.

Ocho años después de haber ganado la Cámara de Oro a la mejor ópera prima de la edición de 2009 del Festival de Cannes por ‘Samson and Delilah’, el australiano Warwick Thornton ha presentado en el Lido ‘Sweet Country, un western ambientado en el Territorio del Norte de Australia en 1929 e inspirado en hechos reales. En él cuenta el asesinato de un hombre blanco a cargo de Sam, un aborigen asimilado, y su posterior fuga junto a su mujer, Lizzie, y la persecución a cargo de una banda encabezada por el jefe de la policía local, interpretado por Bryan Brown.

Sweet Country

Thornton utiliza con habilidad los elementos y la iconografía clásicos del western, el paisaje, la frontera, las tribus nativas, las tierras conquistadas, los caballos, el pueblo acabado de construir, el salón o los ranchos aislados con aire provisional en medio de la nada y los traslada a Australia, haciéndolos reconocibles y fácilmente comprensibles para el espectador. Al fin y al cabo, esta historia que ocurría en Australia a principios del siglo pasado, a pesar de sus peculiaridades, es una historia universal que nos afecta a todos. De la misma forma que el western clásico sirve para conocer mejor la personalidad de los Estados Unidos, ‘Sweet Country’ nos aproxima a lo que es Australia.

La única película dirigida por una mujer que compite por el León de Oro es Angels Wear White de la directora china Vivian Qu. Y en ella cuenta una historia sobre niñas y mujeres: en una pequeña ciudad de la costa que se prepara para la temporada alta de turismo, dos niñas de 12 años son atacadas en un motel. La única testigo de lo ocurrido es Mia, una adolescente que trabaja en el mismo, pero que por miedo a perder su trabajo prefiere no denunciarlo. Para completar el cuadro de personajes femeninos, la abogada que más peleará por resolver el caso, también es una mujer.

Angels wear white

Tal y como ocurría con la película de Kore-eda ya comentada hace unos días, ‘Angels Wear White’ es una película sobre la verdad y la justicia, sobre cómo el entorno y las circunstancias afectan a las percepciones y a los valores y sobre las razones que llevan a tomar unas decisiones u otras. Llama la atención y da personalidad a la película que a pesar de narrar una historia llena de claroscuros, en ‘Angels Wear White’ todo sea blanco y luminoso.

A pesar del punto de partida prometedor y algunos aciertos de puesta en escena como la utilización de un parque acuático en espera de ser reabierto, el film acaba perdiendo el foco y resultando disperso por culpa de la acumulación de tramas (la de Mia y la de una de las niñas atacadas), de personajes y de subtramas adicionales que abren o apuntan nuevos frentes narrativos, pero que aportan poco al núcleo de la película.

La segunda película italiana presentada a concurso es Ammore e Malavitade los Manetti Bros. Una comedia bastante tosca en la que se mezcla una historia criminal en el mundo de la camorra con el musical napolitano.

Los Manetti Bros. tiran de estereotipos para buscar un producto original y divertido, pero pocas veces lo consiguen. Los escenarios napolitanos y la extravagancia y horterismos de la camorra parecen ingredientes adecuados. Pero la trama criminal, que parte de una premisa tan disparatada como previamente utilizada al intentar hacer comedias de gángsters, se alarga innecesariamente. Y los números musicales funcionan en muy escasas ocasiones.

Ammore e malavita

Demasiado a menudo, las canciones no hacen sino interrumpir el trascurso de la trama, sus letras repiten ideas o información ya conocida y la concepción de los números musicales es burda. Además las habilidades como cantantes y bailarines en la mayoría de los casos son muy limitadas, lo que puede provocar la carcajada del público italiano que conoce a esos intérpretes en otras facetas, pero que a los no conocedores de sus trabajos anteriores no hace más que transmitir una sensación de vulgaridad y tosquedad.

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