La casa de la esperanza
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En 2007 la ensayista, poeta y naturalista norteamericana Diane Ackerman publicó The Zookeeper’s Wife (La esposa del guardián del zoo), donde relataba la historia real de los cuidadores del zoo de Varsovia en la época de la Segunda Guerra Mundial, Jan Zabinski y su mujer, Antonina, quienes, tras la invasión del ejército alemán de Hitler, salvaron a unos trescientos judíos del Holocausto, escondiéndolos en el sótano de su domicilio, en el mismo zoo. Ahora llega a la cartelera su adaptación al cine, una coproducción de Estados Unidos, Reino Unido y la República Checa, titulada, anodinamente, La casa de la esperanza.

La directora, la realizadora de origen neozelandés Niki Caro, ya demostró en su film En tierra de hombres (2005) su habilidad para retratar personajes femeninos. En esta ocasión, describe otra protagonista con profundidad, la animalista Antonina, excelentemente interpretada por la gran Jessica Chastain, también productora de la cinta. La actriz norteamericana, una de las mejores de su generación, en los últimos tiempos suele escoger personajes femeninos bien escritos, aquellos con los que los espectadores pueden reconocerse fácilmente. Aquí destaca en un papel concebido para su lucimiento: somos testigos de sus esfuerzos y los de su marido por mantener activo el zoo tras el estallido de la guerra, y por cuidar y proteger tanto a los animales como a los judíos en peligro, mientras intenta resistir el acoso de los nazis. Su pareja en esta ficción, el actor belga Johan Heldenbergh, también está a buen nivel. En cambio, Daniel Brühl, que interpreta al antagonista de la función, el zoólogo alemán Lutz Heck, obsesionado con poseer todo lo que le plazca, Antonina incluida, resulta bastante forzado en sus escenas, muy lejos de su interpretación del nazi Fredick Zoller en Malditos bastardos (2009), de Quentin Tarantino.

La casa de la esperanza

El problema de La casa de la esperanza es que desarrolla un relato muy convencional, excesivamente blando para la crítica situación que plantea y que no logra emocionar ni transmitir nada nuevo a lo ya visto en otros films de la misma temática. Su relato, aunque verídico a grandes trazos, está narrado con pereza y carece de energía y emoción, en las antípodas de, por ejemplo, El pianista (Roman Polanski, 2002), film que retrata con mayor dramatismo la terrible realidad del gueto de Varsovia. Además, la manera de presentar las acciones y las decisiones de los personajes a menudo no están bien explicadas y pecan de una excesiva ingenuidad.

La casa de la esperanza, en definitiva, no aburre, pero resulta distante y carente de empatía. Para fans de Jessica Chastain o de las películas sobre dramas de la Segunda Guerra Mundial.

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