La mujer del animal
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Nunca he profesado mucha devoción por los golpes de efecto, sobre todo cuando se pretende hacer cine denuncia y se termina presentando un combinado entre documental y largometraje donde se descuida custodiar el mensaje que se quiere transmitir. Y es así como, con su cuarta entrega de realismo social, el colombiano Víctor Gaviria regresa después de más de una década de ausencia en la que se ha dedicado a dar forma, puntada a puntada a “La mujer del animal”, una historia real que nos anticipa y nos recuerda de manera siniestra los códigos invisibles de la violencia de género que se alimentan de la tolerancia de una sociedad cómplice. Visión cruda y agresiva que incomoda sin pedir permiso y que nos traslada hacia una serie de interrogantes que van más allá de la historia relatada.

Gaviria desarrolla una película que no concede momentos de clemencia. Muestra una realidad social que asusta, donde la violencia machista es algo sistémico que se manifiesta a través del lenguaje, de la resignación, de la complicidad, e incluso desde la letra de las canciones que conforman su banda sonora. Comienza con una adolescente que huye de un internado al ser descubierta disfrazándose de monja y a partir de ahí, se retrata la penitencia que la protagonista asume como propia dentro de un modelo de sociedad marcado por su cultura. La trama tiene lugar en el mismo escenario donde ocurrieron los hechos a finales de los años 70, un barrio marginal de Medellín en el que confinada entre muros físicos y sociales, se convierte en víctima de un maltrato extremo.

En clara apuesta por el realismo pero haciendo un flaco favor a la denuncia que se quiere hacer llegar al espectador, en “La mujer del animal” uno se choca de frente con un exceso de jerga parlanche de Medellín, lenguaje complicado, poco traducible y solo descifrable por una comunidad muy restringida. Además, el poder de transmisión puede perderse cuando no se cuida la calidad de interpretación de los personajes, si bien es cierto que en sus producciones, Gaviria suele dejar en manos de actores noveles la responsabilidad de conseguir espontaneidad a través de la improvisación. “Rodrigo D no futuro” (1990) y “La vendedora de rosas” (1998) son ejemplos de ello, pero a pesar de unas actuaciones impecables -para tratarse de actores no profesionales- de los dos protagonistas Natalia Polo y Tito Gómez, el complejo universo de matices que podían haberse comunicado nos termina llegando totalmente diluido.

La mujer del animal

Mediante una puesta en escena muy metódica, el director inicia con fuerza un mensaje de violencia machista que después de un tiempo de narración se torna reiterativo, alargando en exceso la duración de la película. Lástima no haber dado paso al Gaviria poeta para la elaboración de un guion que resulta plano y lleno de frases vacías. No destaca como cine virtuoso pero el buen ejercicio de observación e implementación nos transporta a una realidad reflejada de forma contundente a través de unos personajes no profesionales que improvisan como marca de la casa, aunque llama la atención que, dejando a un lado los detalles propios de un largometraje, no exista transformación física de los mismos a lo largo del tiempo. Quizá podría haber sido más efectivo si se hubiese tratado de un documental, formato del que se ha quedado bastante cerca con el uso de numerosos planos detalle, escenarios reales y una cámara continuamente en movimiento.

El plano panorámico de Medellín es una constante en la película, acaso con la intención de mostrarnos la realidad que existe a espaldas de lo que teóricamente es civilizado. Y es que en cierto modo, a veces nos escandaliza ver en otros contextos lo que juzgamos de incivilizado desde nuestro mundo civilizado, aun cuando todos somos conscientes de que lo que se escenifica en los años 70 en un barrio marginal de Medellín supera claramente las referencias históricas y geográficas. La violencia de género existe en todo el mundo. Por supuesto que el grado no es el mismo pero la indiferencia ante determinadas actitudes, el silencio, la mirada hacia otro lado o la resignación son factores integrales en muchas sociedades. En “La mujer del animal” se nos habla sobre todo de eso, no solo del machismo más brutal sino de aquéllos que lo aceptan con indolencia y que consideran la violencia contra la mujer como algo social y culturalmente aceptable. Una pena que Gaviria no consiga rematar un mensaje tan necesario.

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