Precedida por la polémica por tratarse de una película Netflix y que por tanto, no se va a estrenar en las salas comerciales – se podrá ver en Netflix a partir del 28 de junio-, se ha presentado la bastante aplaudida ‘Okja’, el debut en la competición por la Palma de Oro del director coreano Boon Jong ho (‘The Host’, ‘Snowpiercer’). Los primeros abucheos de la competición de esta edición los ha recibido la húngara ‘Jupiter’s Moon’ de Kornél Mundruczó, que en 2014 se llevó el premio Un Certain Regard por ‘White God’.

Una de las especialidades de Boon Jong ho es su capacidad para hacer cine espectáculo al gusto de un público mayoritario, pero con sustancia y contenido. Lo hizo en ‘The Host’, lo hizo en ‘Snowpiercer’ y lo vuelve a conseguir en ‘Okja’.

Okja, es una nueva especie animal similar al cruce entre un cerdo gigante y un hipopótamo mediante el cual una gran compañía pretende solucionar el problema del hambre en el mundo y de paso, lavar su imagen. O quizá sea en orden inverso. Es el fruto de un experimento científico y televisivo, que en el caso del ejemplar de la película, se ha criado durante 10 años en las montañas de Corea del Sur junto a una niña y su abuelo.

Okja

Salvo por un par de secuencias no apropiadas para públicos infantiles, ‘Okja’ podría ser la película familiar perfecta: ritmo vertiginoso, un tono ligero y caricaturesco, la idílica relación entre Okja y la niña, su separación, las peripecias para lograr su reencuentro… Pero de la mano de Boon Jong ho se convierte en algo más. El director coreano va integrando nuevos elementos en la narración, que si bien le dan juego para llevar aún más allá el espectáculo (incluida una magnífica persecución rematada por uno de los momentos más memorables de la película), gracias a su buen pulso y su brillante dirección van dotando a ‘Okja’ de lecturas adicionales y menos lúdicas y complacientes, sin perder nunca el sentido del entretenimiento para grandes públicos.

Okja’ tiene hechuras de peli de aventuras, pero su trasfondo es ecologista y anticapitalista. Y junto a las formas y estilo de cine familiar mencionados, brilla un alegato en contra del consumismo actual, del capitalismo feroz y de la producción en masa que sólo busca la maximización de los beneficios económicos por encima de cualquier otra circunstancia.

El húngaro Kornél Mundruczó compite por tercera vez por la Palma de Oro con ‘Jupiter’s Moon’, la huida de un refugiado que tras ser herido por las autoridades de su campo de internamiento descubre que tiene el poder de levitar, en la que le acompaña un doctor sin escrúpulos que no duda en utilizarlo para resolver sus problemas económicos.

Jupiter's Moon Cannes

Es innegable el talento de Mundruzcó para concebir y rodar secuencias espectaculares. El problema de ‘Jupiter’s Moon’ es que muchas veces esa grandilocuencia técnica juega en su contra y acaba anulando la narración. Sus elaborados y largos planos, sus espectaculares imágenes aéreas, sus repetidas secuencias de levitación del protagonista, su uso del color, de las diferentes lentes, su atmósfera de cine negro, tienen tanto mérito técnico, como escaso valor narrativo.

Porque da la impresión de que entre tanto alarde técnico Mundruczó acaba perdiendo la perspectiva de lo que quiere contar. El qué y para qué. Y su obsceno y frívolo tratamiento de la crisis de los refugiados o de los atentados terroristas, de la corrupción que campa a sus anchas y sus referencias religiosas resultan fuera de lugar.

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