Un golpe con estilo
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La amistad. La familia. El amor. El respeto por la tercera edad. Las segundas oportunidades paterno-filiales. La moral. Una retahíla de conceptos que bien podría ser el sumario de una revista católica buenista o la pesadilla de Quentin Tarantino, pero no. Estamos hablando de la temática de Un golpe con estilo, la nueva película de Zach Braff (Scrubs). Una historia donde tres jubilados se enfrentan a la mala idea de quedarse sin pensiones y deciden robar un banco, o al menos intentarlo. Con más ganas que traza. Como la dirección del film. Si es que había ganas.

Y es que si ya sabíamos de la existencia de los coches auto-pilotados, con Un golpe con estilo descubrimos la implementación de la tecnología automática al cine. Dirección tan imperceptible como inocua. Suerte que tampoco hacía falta. A la altura del tridente ofensivo del Barça, o bastante por encima – dirá el futbolfóbico -, la tripleta anciana más seductoramente adorable de la actualidad se encarga de darle al film toda la gracia disponible en el guion: Morgan Freeman, Sir Michael Caine y Alan Arkin al servicio. Tres ganadores de Oscars. Tres leyendas perfectamente aprovechables para hacer el remake de aquel Going in style del 1979.

Lo que pasa es que ahora, con el fondo de reserva de la Seguridad Social desmenuzándose y la sombra de las pensiones atemorizando la tercera edad española, la versión actual cobra más trascendencia. Y serán el Al (Arkin), el Willie (Freeman) y Joe (Caine) los héroes que, empujados hasta el final de un peñasco inadvertido, ya no tienen más opción que marcarse un Thelma y Louis y seguir adelante, pase lo que pase. En su caso, robar un banco, uno sólo, para no volver a temer nunca más la pérdida de los mínimos derechos humanos cuando tienes más de 60 años: un techo digno o un trocito de la tarta que sirvan a tu local de referencia para almorzar.

Un golpe con estilo

Aun así, la excusa del robo es tan buena como cualquier otra para llevar a cabo el objetivo del guion de Theodore Melfi: pasar un buen rato mientras se hace una crítica suavecita a los poderes financieros americanos. Y a la pérdida de los valores familiares, está claro. No podía faltar la historia romántica por aquí y la familia desestructurada por allá. Pero se tiene que reconocer que de tan ligera, se hace delectable, entrañable e intermitente en la diversión. A ratos te retrata la cotidianidad con gracia, como tres abuelos comentando la versión estadounidense de Un príncipe para Corina. A ratos te insulta con secuencias de comedia tan aburridas como unos viejos robando descaradamente en un supermercado o dándole dos caladas a un porro de marihuana.

Por estas razones, los sentimientos al salir de la sala son contradictorios. Al menos en cuanto al guion: una historia loable, con un enfoque de sonrisa alentadora, pero llena de recursos de una flagrante vaguedad creativa y chispas de insubstancialidad extrema. Una batalla entre los constantes ojos llorosos de Morgan Freeman y la decadente carrera del director y también actor Zach Braff. Una batalla dulce que como film no nos dirá nada, pero como panfleto quizás nos la cuele.

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