La comunidad de los corazones rotos
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Una discreta reflexión sobre los deseos del alma; acerca de cómo influimos y nos influyen los demás; y de cómo los encuentros casuales pueden dar sentido a nuestras vidas.

Bajo el título original de “Asphalte”, Samuel Benchetrit nos habla del proceso natural de búsqueda de afecto como innata necesidad humana. Basada en su propia novela “Las crónicas del asfalto”, el realizador francés se atreve a abordar el tema de la soledad utilizando un registro de claro toque amargo camuflado de comedia.

Como ya hiciera en anteriores ocasiones, Benchetrit opta de nuevo por una comedia irónica montada a partir de la suma de varios relatos. En este caso, y desde una perspectiva de auténtico tributo al cine, nos narra la historia de tres personajes solitarios que llegan de forma casual a la vida de otros tres seres, también solitarios, que residen en un mismo edificio de la periferia francesa. Cada uno a su manera supone una oportunidad para llenar el vacío que sufre el otro, ya sea el generado por la ausencia de una pareja, de un hijo, o de una madre.

Las referencias cinematográficas comienzan con la aventura de un vecino insolidario que pretende vivir su particular versión de “Los puentes de Madison” (1995) gracias a una enfermera que, rodeada de soledad como él, se cruza en su camino. En la siguiente historia aparece (bajo otro título y en blanco y negro) un pasaje de una de las primeras películas de Isabelle Huppert, “La Dentellière” (1977), sirviendo de fondo para contar cómo una actriz en plena decadencia, interpretada por ella misma, cubre sin pretenderlo la necesidad de amparo de su vecino adolescente. El último relato hace alusiones livianas a producciones como “Gravedad” (2013) y “2001: Una odisea en el espacio” (1968) para presentarnos el encuentro entre una mujer argelina cuyo hijo está en la cárcel y un astronauta que tras un fallo en la misión que está realizando, cae accidentalmente en la azotea del edificio.

La comunidad de los corazones rotos

Benchetrit juega además con situaciones un tanto surrealistas para evidenciar el poco convencionalismo con el que a veces llegamos a generar vínculos en esa búsqueda inconsciente de compañía, de encuentro con uno mismo. Esa necesidad instintiva de formar parte de la vida del otro aun cuando nos topamos con potenciales obstáculos como la distancia generacional (el adolescente y la actriz madura), la diferencia cultural (el astronauta americano y la mujer árabe), o la contraposición de valores (la enfermera altruista y el vecino insolidario)

Acaso con la intención de cercanía, el director elige un formato de proyección inspirado en el ángulo de visión natural del ojo humano (1,33:1) pero ni este criterio estético clásico ni un atractivo estilo de montaje lleno de planos cortos consiguen aportar toda la fuerza o la profundidad que se podría esperar. A pesar del espíritu prometedor de la historia, de su narrativa cotidiana y del excelente manejo del humor visual, uno se queda con la sensación de que la película está incompleta, de que falta algo… quien sabe si en sintonía con la trama de individuos existencialmente incompletos que aparecen en ella.

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