La chica desconocida
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Los hermanos Dardenne vuelven. Los directores con dos Palmes de Oro en su currículum nos presentan La chica desconocida. Una película que, a pesar de no alzarse victoriosa en Cannes 2016, vino a repetir que el estilo de los directores belgas es inamovible. Mostrándonos que se puede hacer un thriller interiorista despojado de toda tensión, La chica desconocida te hará sentir más ‘cultureta’ y empático. Pero sin entusiasmo.

¿Y qué son los Dardenne? Aparte de aquellos que alguien celebrará por Dos días, una noche o El Niño, son más. Son cámara, por ejemplo. Son la cámara en modo narrador observador. O en modo ‘primo que te han obligado a traer con tus amigos’, que no se separa ni un metro, que no te pierde de vista. La cámara que te enseña a la protagonista, te la muestra, te la cansa. Que te hace memorizar cada poro facial de Adèle Haenel. Que se mueve nerviosa. Es, en realidad, una cámara que carga con la tensión evaporada con toda la intención del guion.

Y aguantando este escrutinio, no podía haber otra actriz más adecuada que la titánica Adèle Haenel. Sobre todo después de que cayera la primera opción Cotillard. La joven belga, por menos mediática y más reveladora, es el nexo angelical que viene a conectar el colmo de la humanidad con la frustración de las barreras sociales. Y con un talante mucho más roto que en la premiada Les combatants, Haenel se come el papel de esta médica con cargo de conciencia por no haber atendido fuera de horario a una chica que aparece muerta el día siguiente.

La chica desconocidaY es así que la peli, con el color gris de Lieja por bandera, te resigue una historia sin sacudidas, bien asfaltada. Y como el asfalto, cómoda. Obviando los tan preciados giros de guion omnipresentes de Netflix y el Hollywood más acelerado. El estilo Dardenne es a la europea, que diría Rajoy. Y el problema no es tanto la falta de sorpresa, sino la carencia de conexión con todo aquello foráneo a la protagonista.

Por este motivo, el último film de los creadores belgas se cataloga como el más flojito de su trayectoria. A pesar de que, por la magnificencia visual e interpretativa se compensa hasta llegar a la aceptación meridiana. Y el presupuesto ahorrado en vestuario y música, ambas categorías desiertas, parece ser invertido en la distribución que nos trae esta obra poco comercial y fácil de ver. De hecho, sin artificios, en una sociedad con una apuesta por el audiovisual digna, esto sería una correcta reposición de televisión un domingo por la tarde.

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