T2 Trainspotting
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T2 Trainspotting, 21 años después de su primera parte, nos devuelve en aquel Edimburgo de pubs, drogas y vidas desestructuradas. Y, por desgracia, lo hace con regusto a grupo reivindicativo de música ablandado con el tiempo. Poniéndoselo fácil a la pandilla de críticos nostálgicos que convirtieron aquel Trainspotting (1996) en icono de la Generación X. Para ellos y para los otros, Danny Boyle nos presenta un film que sólo vive de la fuerza del anterior. Donde la evolución de los personajes parece insuficiente, inexacta e insulsa. Con acción más propia de Transporter que Trainspotting.

“Todos teníamos miedo a hacer una mierda” dijo el productor Andrew Macdonald durante la promoción de la secuela. Al menos eran conscientes de la probabilidad de encontrarse con un bodrio del talante de en el que se tuvo que zambullir Mark Renton (Ewan McGregor) en la icónica escena de la primera entrega. Y, si bien esta continuación tiene intenciones de tocar al espectador hasta mostrarle la angustia, la humillación y el patetismo del ‘ir tirando’, no penetra por ningún lado. ¿El acierto del film? La oda al rencor y la envidia sepultada en años. Y la música.

Siempre da gusto encontrarse de nuevo a aquel grupo de escoceses corre-calles y intelectuales de toxicidades y peleas de bar. Esta vez, sin embargo, con nombres de pila y no motes. Evidencia relevante. Rent boy de McGregor pasa a llamarse Mark, el Sick Boy de Jonny Lee Miller ahora es Simon, el Spud de Ewen Bremner cambia a Murphy, etc. La madurez lo toca todo por fuera y nada por dentro, te viene a decir la película. Misma oportunidad de traición, diferente empaque. Un ingrediente extra para el argumento: la disputa por una chica, Nikki (Anjela Nedyalkova). Me pregunto cuántas horas sudó el guionista John Hodge por desterrar este tópico en la continuación de un film donde los tópicos no existían.

T2 Trainspotting

Un guion que, por cierto, nos devuelve al discurso de referencia embutido ahí en medio. ‘Elige la vida’ 2.0. Más impostado que el primero y aún así brillante, es el punto de inflexión que separa el inicio incierto del desenlace aburrido. Y en medio, chispas de la diversión y malversación de vitalidad que hicieron éxito y que dan el ritmo vestigio de esta ópera prima de la incomprensión juvenil. Dejando de lado a la droga como protagonista, la búsqueda de un futuro solucionador de incertidumbres reviste con gracia el concepto ‘burdel’ con la palabra ‘sauna’. Y la música de Young Fathers, Fat White Family y Rubberbandits mezcla el rap, con el electro y te despierta a ritmo de guitarra tensada con sonidos digitales extraídos del cuerpo de un robot furioso.

En definitiva, la muestra de la decadencia de un grupo de amigos años después de una traición que nos trae Danny Boyle (Slumdog Millionaire, Steve Jobs) se desmenuza en su propio adjetivo, decadente. Todo igual pero un poco peor. Como el regreso con un ex malviviendo un pasado feliz. Como Jarabe de Palo viviendo de La flaca. No sé si se puede afirmar que se cumplieron los miedos del productor, Andrew Macdonald, pero sabemos que está a años luz de elegir ser memorable.

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