Los del túnel
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¿Recordáis aquel regalo irlandés hecho película aparecido hace tan sólo unos meses? Se llamaba La habitación y uno de sus big hits consistió en no quedarse en el acontecimiento espectacular, sino en el día después, la vida después. Ahora llevémoslo al extremo, que es como se fabrica el éxito en España, y tendremos Los del túnel: el foco de lo que augura a un grupo de desconocidos que han hecho vínculos después de sobrevivir a una catástrofe. Todos menos uno. Y de la tragicomedia producida y protagonizada por Arturo Valls extraeremos un retrato teatral, unos cuantos gags de comedia de situación (no de chiste), y un bostezo en la parte central del film.

De esa figura tan abundante entre nosotros. De ese cuñado protozoo que no necesita hermanos ni pareja para serlo. De ese ‘fenómeno cuñado’ que todos hemos alimentado y explotado hasta que no nos cabernos más en la boca, en las revistas o en los diarios digitales ha nacido el retrato del personaje central de la cinta, el Toni (Valls). Un gracioso en crisis. El único  del grupo al que la desmembración de un túnel y su supervivencia no ha hecho mejor persona.

Y de la involución personal del protagonista, el guion de Juan Maidagán y Pepón Montero (también director) – equipo artífice de aquel Camera Café – tendrá una excusa para juguetear con la comedia española moderna y deformar los tópicos de los personajes más refritos que asolan la mayoría de obras banales actuales y anteriores (el policía, la pareja homosexual, el cani, la adolescente enamorada, el matrimonio rico en crisis, etc.). El problema, por buenas que fueran las intenciones, es que la caricatura llega demasiado tarde, con el espectador cansado y la cabeza pensando en si hará frío cuando salga del cine.

Los del túnel

‘Sobre el sentido de la vida y esto…’

Si bien se cierto que el film sabe intercalar la gracia de las nuevas formas del ser pesado, como el abuso de los iconos en WhatsApp, o las frases muertas de la cotidianidad sencilla, como el ‘yo no sé nada sobre el sentido de la vida y eso…’ en boca de Nuria Mencía como mujer de Toni, le falta contenido. La crisis personal de Toni se alarga en exceso hasta convertirse en la crisis del propio relato, haciéndolo más lento, repetitivo y sostenido de lo que tocaría.

Lástima que el retrato del personaje de Arturo Valls – sorprendentemente fantástico -, convertido en una mezcla entre el Lambert Wilson de Barbacoa de amigos y un total desconocido, se acabe mostrando falto de recursos e interés por instantes. Perpetrando así, de todas todas, una profundización a medias, si es que esto existe. Y provocando que lo que podía ser una loable apuesta para reformular la comedia imperante en España, con interesantes introducciones como la de Raúl Cimas, quede en ‘ah sí, bien, el final es gracioso’.

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