Silencio
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Rezo pero estoy perdido… ¿acaso estoy rezando solo al silencio?

Una de las muchas e impactantes frases con las que el consagrado Martin Scorsese vuelve a plantearnos en su última película “Silencio” una reflexión profunda sobre la abrumadora lucha interior del ser humano y el significado de su fe. Hace más de dos décadas ya nos mostraba en “La última tentación de Cristo” la figura de un Cristo-hombre atormentado, lleno de dudas, que peleaba contra sí mismo para vencer sus propias contradicciones. Y éste es un mensaje totalmente alineado con el que nos propone en su nuevo trabajo, proyecto que por cierto, ha tardado también más de dos décadas en conseguir llevar a la gran pantalla.

En esta ocasión, el análisis de la conducta humana frente a la fe se nos relata dentro del contexto histórico de persecución y martirio que sufrieron los misioneros jesuitas en el Japón del siglo XVII. Pero no es una película sobre el sacrificio, la renuncia a la fe o la tiranía de las religiones, sino que esta mirada hacia los fanatismos y la barbarie que generan no es más que la puesta en escena para explicar la brutal lucha del hombre contra sus propios demonios.

Silencio” llega directamente al corazón y a las tripas tanto de creyentes como de no creyentes. Scorsese nos va poco a poco educando la mirada e introduciéndonos con auténtica pulcritud en una conmovedora historia basada en la adaptación de la novela homónima de Shushaku Endo, donde se narra la experiencia de dos sacerdotes que deciden ir a Japón en busca de su maestro, un jesuita que parece haber apostatado tras ser sometido a tortura. Durante su viaje, vivirán situaciones de humillación y violencia que les harán enfrentarse al examen de su propia conciencia y al peso del silencio de su Dios.

Silencio Martin Scorsese

El estilo de Scorsese siempre destaca por la crudeza y el dramatismo de sus escenas. Y en “Silencio” no podía ser de otra manera. Se juega con los símbolos, las preguntas, las imágenes y sobre todo, con una “no banda sonora” en clave de elocuentes silencios. Se muestran tres dramas paralelos de equivalente violencia y complejidad: El drama interior (emocional, de desesperación ante la incertidumbre); el exterior (de exterminio, de imposición, de hasta dónde se puede llegar por un ideal en el que se cree) y el drama divino (la crueldad de un Dios que responde a las plegarias con silencio).

El fanatismo como adhesión incondicional a una causa, sin límites ni matices, es un componente siempre presente tanto en la película como en la naturaleza humana de sus protagonistas. Se nos describe a la perfección el sinsentido que es capaz de llevar al hombre a la más extrema violencia en nombre de la fe y la aterradora contradicción que genera la duda interna sobre lo que uno está haciendo. La lucha por buscar un significado que esté al nivel de los propios actos y la frustración ante un Dios incapaz de manifestarse siquiera en las situaciones más extremas. Un Dios que silenció incluso ante la crucifixión de su propio hijo.

A pesar de sus casi tres horas de metraje, la belleza, el ritmo pausado y la pureza de la película hacen que uno pierda la noción del tiempo. Sorprende sin embargo un final algo repetitivo y demasiado explícito si se compara con la fuerza y la contundencia del mensaje y del resto de la obra. Podría haberse obviado tanta explicación en esos últimos minutos de una más que argumentada historia, pero por supuesto, esto es solo una opinión. ¡Dios me libre de poner en duda mi fe en el Divino Scorsese!

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