Passengers
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Aleluya. Como abogado penalista de los trailers sin-sentido destripadores de películas, donde lo único que te queda es ir, gastar, ver y marchar, no puedo sino quitarme el sombrero ante Passengers. Del adelanto comercial se deducía un film aprovechado de Jennifer Lawrence y Chris Pratt: previsible, extravagante y sustancialmente vacío. Pero he aquí un mini-milagro: hay gracia, intención y credibilidad. Su simplicidad ética es permisible y su acabado, buenista. No es casualidad que salga por Navidad.

Del director de The Imitation Game (Descifrando enigma) o Headhunters, Morten Tyldum, aparece este relato de ciencia-ficción desbordante de humanismo. Una historia dónde, de nuevo, la población se ha hecho insoportable para el planeta Tierra y la investigación de nuevas colonias galácticas es obligatoria. Frase sudada: ‘lo importante no es el destino, sino el viaje’ y la película vivirá de ello. Un viaje de 120 años de duración con 5.000 pasajeros en sueños inducido – al estilo de la leyenda de Walt Disney – que se verá interrumpido por un error que hace despertar además de un tripulante. A partir de aquí, la película se transforma en un cuento de fases muy definidas donde la ciencia ficción sólo es el entorno y el epicentro es pura disputa moral humana. O cómo dicen algunos, amor.

Passengers Chris Pratt Jennifer Lawrence

Ahora bien, la exigencia del film es limitada en cuanto a cualquier reducto de inteligencia. Simple como una sacudida en un camino sin asfaltar o un eructo en un bar de pueblo. Y aún así no desmerece un vistazo en ningún momento: la tensa cruzada interna de James Preston (Pratt) te lo hace todo. Eso sí, fracasa en el intento de colocar el espectador como juez objetivo. ¿Por qué? Porque cae en la fácil seducción del personaje de Chris Pratt, rozando la simpatía y la pena a partes iguales. Pero en el resto de ámbitos es atrayente y puntiaguda. A ratos, literatura clásica griega, con el héroe transgrediendo la moralidad supuesta, y a ratos es un comercial producto con energía e ingenio. Una lucidez como la de un barman robótico (Michael Sheen) a medio camino entre el servilismo electrónico y la comprensión de colega.

La fábrica de guiones ‘blacklist’

Y es que en esta historia galáctica con pasión desconcertante, el pequeño triunfo rae en las pequeñas cosas, que diría Roger Coma. Un baile con contrincantes digitales, un jogging de recorrido limitado, una barba hecha Amazonas, una vestimenta que no lo tapa todo… La película sabe sacar el jugo indicado de cada uno de sus bastiones, de Pratt y J-Law. Mucho más sentido, mucho más verosímil que lo visto hasta ahora (Jurassic World, Los siete magníficos), el actor norteamericano no se deja eclipsar por la actriz más cotizada de Hollywood y ayuda a sacudir el relato y hacerlo respirar cuándo y cómo toca.

Passengers Michael Sheen

La buena noticia es el que el film sobrevive a las expectativas del guion rescatado de la lista negra de la industria del cine – allá donde van a parar los argumentos más prometedores del año, huérfanos de producción (Spotlight, El discurso del rey) -. Ah, y que el Jailhouse rock de Elvis como píldora electrizante continúa funcionando como el primer día. La mala noticia es que, a pesar de ser espacial, no tiene la complejidad de Interstellar, ni la gracia de Marte, ni la agresividad visual de Gravity. Ni chilla, ni gime, ni araña. Pero hace el amor.

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