Hasta el último hombre
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‘Estamos en la Tierra cuatro días y el cielo no me ofrece garantías. Diez años después mejor volver a empezar’ rezaba Calamaro en el Palabras Más, Palabras Menos (1995). Y Mel Gibson lo acontece en forma de film. Después de dejar descansar a fuego lento su obra como director una amable década, el norteamericano vuelve para poner la carne picada en la olla y ver su cocción. Argumento curioso y vacío rellenado por una narración agresiva, maravilla, ya propia de Gibson. Convertir el sufrimiento en acción y la no-lucha en leyenda, irreverente explicación de una historia nacida del monstruo de mil historias, la Segunda Guerra Mundial.

El no es no. Y Desmond Doss (Andrew Garfield), con aires de mártir momentáneo, no sólo lo dirá sino que lo exigirá, una y mil veces, ante la férrea indignación de hombres de guerra: abruptos generales, con corbata metida entre el segundo y tercer botón de la camisa. Dirá no a las armas. Sólo eso. Y su lucha será contra los suyos. De las cabronades de cuartel a la realidad del campo de batalla. Y ante él, un debut tan horrible como memorable: la batalla de Okinawa, entre japoneses y americanos, básicamente. La última gran confrontación entre estos bandos y la denominada lluvia de acero. Y como siempre, en medio del bocadillo, la fe como motor.

Las interpretaciones son tan adecuadas, entre la épica y la broma, que desde el principio se hacen comestibles a golpe de gran bocado. No sólo la de los duritos antagonistas iniciales, como Sam Worthington o Vince Vaughn, sino la esencia medida de Andrew Garfield atrayendo todo el peso narrativo. Y con una sonrisa en la boca siempre. A pesar de haber confesado esta película como “la más dura” de su carrera, Garfield lo carga con la naturaleza con la que su personaje gana las carreras de preparación militar. Con la felicidad de la competición, la de Marc Márquez o Messi, le vale para triunfar en un ámbito mucho más sucio que el de Amazing Superman.

Hasta el último hombre

Y es que el director americano se mofa de todo aquel considerado aprensivo. Con una historia menos trascendente que las anteriores La pasión de Cristo o Apocalypto, Gibson rebaja todos los estándares de brutalidad para regalar una barbaridad lírica. Cámara continua en la batalla. Brutalidad hecha film. Piernas volando por los aires en masa. Cápsulas de morfina repartidas como caramelos en la cabalgata de Reyes. Música de cuerda omnipresente. Violines, violonchelos y contrabajos como embajadores de tensión bélica. Las escenas del campo de batalla son un trozo de infierno traído al cine en silla de ruedas. Y Mel Gibson, que empuja la sillita, vuelve a hacer lo que Hollywood se podía temer, lo que le ha salido de los mels.

Con una imagen a cargo de Simon Duggan (300, La jungla 4.0), el espectador puede llegar a creer que sólo existe el marrón verdoso del campo de batalla, híper-dominante. Suerte del fuego, que viene a romper el pantone fílmico y a recordar que a Gibson le encanta la inmersión total, ya sea en la imagen o la historia. Aún así, la película te deja el regusto excitante de la carne hirviendo en la pantalla, pero la evidencia de que en los Estados Unidos no se puede cocinar un relato épico sin deificar la patria. Regreso penetrante, insultante casi, pero finalmente exagerado.

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