Aliados
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La experiencia es un grado que cotiza cuando él quiere. A veces para mal – véase el ejemplo De Niro – y a veces en positivo. 57 películas en la cuenta de Brad Pitt, 52 en la de Marion Cotillard y 22 dirigidas por míster Zemeckis. Los números esta vez se redondean hacia arriba y el resultado es una sensación de agradecimiento mayúscula. El director de una amplia retahíla de mitos multi-disciplinares, desde Forrest Gump a Polar Express, se reencuentra con un relato complejo para regalarnos un simplismo. Segunda Guerra Mundial, amor prohibido, sospecha marital: todo lugares comunes, sobradamente dibujados. Pero tan bien trenzado y suave que posiciona a Robert Zemeckis como candidato al peluche más pedido por Navidad.

Con un Max Vatan (Pitt) caído del cielo literalmente empieza la historia de este espía británico obligado a aliarse con la agente francesa de La Resistencia Marianne Beausejour (Cotillard). Del desierto marroquí al centro de Casablanca es donde la magia crecerá: de la previsión de una misión a la sorpresa del amor. Y después, hacia Londres, donde la familia coge fuerza y todo variará para dar entrada al auténtico conflicto narrativo, la sospecha constante entre espías en los 40. La sombra de la política cerniéndose sobre el amor.

Con ganas de bronca dirán que la química entre Brad Pitt y Marion Cotillard es una burbuja que revienta con solo mirarla. Dirán que como historia de amor, bluf. Dirán que Angelina Jolie no tenía ningún celo que sufrir si esa es toda la pasión que son capaces de transmitir. Dirán, dirán, dirán. Pero quizás, como la película, la relación debe mirarse con un prisma diferente al arquetípico. Lejos de querer ser Moulin Rouge, la normalidad que se enseña es atractiva y comprensible por sí sola, sin más artificios que los esperados en una pareja de espías con dotes extraordinarias. El amor está medido como el propio Max Vatan. Creíble como la película.

Aliados
Bombardéame, por favor

Recordando que la manera más efectiva de hacer bien las cosas es, muchas veces, la más sencilla, Zemeckis se explica como un libro abierto. Pero sólo se deja leer página a página, con la duda perfectamente protegida hasta un final que se te hace corto. El guion lo firma Steven Knight (Peaky Blinders) y quizás por eso, como su serie británica, se hace intenso y desdramatitzado. Imposibilitando que ningún espectador se  acuerde de mirar el móvil durante la proyección, la película se pone un vestido de misterio sólido y una chaqueta de escenas entrañables. De una tormenta de arena como banda sonora en el desierto, al uso de la vecina cotilla para camuflar intenciones descaradas. El director americano demuestra una sabida madurez a la hora de mezclar acción necesaria con el aprovechamiento narrativo ingenioso del entorno.

De hecho, el film supera la osadía de Wladyslaw Szpilman (Adrien Brody) en El pianista, que seguía tocando mientras caían bombas. ¿Cómo? Pariendo: Londres cayéndose por las bombas nazis y los gritos de la madre protagonista. O reconociendo la cara amable de un bombardeo como liberador sexual. Todo se ve y se deja ver en este producto que unirá amabilidades de los fans de blockbusters y los cansados de Hollywood. Sin ser un drama, ni un romance, ni un belicismo ejemplar, es un plato al que no hace falta aliñar ni pedir guarniciones.

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