Un traidor como los nuestros
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Con la siempre pesada mochila de un John le Carré como creador de la historia a explicar, Un traidor como los nuestros representa un amable recordatorio de la literatura de mafia, acción e impotencia. La directora Susanna White nos lo refresca con dos suertes al frente, un Ewan McGregor haciendo de inglés boquiabierto 24/7 (Perry) y un Stellan Skarsgård como ruso sin salida (Dima), que no te costará nada amar y sí castigar.

Perdonen el centralismo catalán, ¿pero saben aquel rincón de encuentro universal? ¿Aquel espacio entre el café Zurich y el quiosco de la esquina Plaza Cataluña-Calle Pelayo?  Lo habitan unos seres con el don de la insistencia y la asiduidad tan desarrollado que parece innato. Te promocionan un curso de memoria rápida. Su truco catchie preferido es pedirte que escribas una cifra con tantos números como desees, y ellos lo memorizan. Sólo viéndote escribirlo ya lo recuerdan. Y entonces dejan entrever una sonrisa. Pues esto es Un traidor como los nuestros. Alrededor de esta jugarreta, de esta habilidad aprendida, todo se envuelve en una obra donde la protección de una familia inocente será el motivo central para justificar cualquier riesgo aventurero. Del reto de memorizar una cifra nace el todo: si el ruso desconocido lo acierta, el profesor universitario británico asistirá a una fiesta, si el ruso falla, tendrá que ceder 5.000 dólares. Y tira millas.

Es necesario señalar que el film apaga su inicial atractiva tenebrosidad a medida que los agentes británicos toman cuerpo. Y es una lástima. La seducción de lo desconocido se ahoga al entrar en un terreno universal: las aventuras en misiones secretos contra la mafia. Los agentes del MÍ6 son unos bocachanclas de bandera, con traje y pieles pálidos. Tanto es así que se los  escapa el interés por la boca y la credulitat por la impostura. La película se transforma en una banal peli de acción para adolescentes a medio camino y la culpa se reparte en dos bandos. Por un lado, los esbirros de la mafia, fotocopias medio desgastadas de los malos de cualquiera obra tipos Blade u Hora Punta. Por otra, el ya comentado sobre-expuesto agente inglés, Hector (Damian Lewis), que llega siempre tarde, con todo el pescado vendido y con la última lubina saliendo por la puerta del mercado.

Un traidor como los nuestros

Lentejuelas y el escondite

Las dos partes de la película se contraponen hasta el extremo. Del inicial despilfarro de recursos y sonido, a la discreción y juego de silencios final. La imagen del film deja verse con gracia y arte en los primeros compases: en las fiestas demasiado. Las fiestas que son demasiado demasiado para ser soñadas. Las de los rusos mafiosos. Donde los jacuzzis  sobran y la fotografía confunde la realidad, así como hace la droga. También aparecen muchachas a medio desnudar sobre caballos en un interior. O mujeres uniformadas con lentejuelas sin escatimar. Dromedarios, imágenes a las paredes y música diegética. Todo un manjar para comerse con estupor. Y después, olvídate, que todo se vuelve aburrido  y estereotipadamente tensionado.

Al final no se sabe quién es el protagonista en una historia que quiere contraponer el poder fáctico con el deseado. Y rodeada de un pesimismo más que real, muere en los clásicos vicios comerciales. Buen recurso para ver en Navidad si sois más de tres en el sofá, pero mal guía para comprender Le Carré. ¿Lección? Los mafiosos arrepentidos se hacen querer y el riesgo en el cine no es siempre un buen negocio.

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