El ciudadano ilustre
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El ciudadano ilustre es el último capítulo de Relatos Salvajes (2014), el no emitido, el que tuvieron que recortar por exigencias temporales, el más extenso, pero igual de pertinente y consecuente que los anteriores. Y si no lo es, podría serlo. La única diferencia entre aquella obra de Damián Szifrón y ésta dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat es, posiblemente, la superioridad irónica de esta cinta. Tan auto-humillante, tan ácida, que alguien puede confundir el talento con desidia y los cepos con champiñones.

“Existe el destino, la fatalidad y el azar”. Lo dijo el que podría ser uno de los siguientes capítulos de Merlí, Séneca. Y se podría tomar El ciudadano ilustre como producto ilustrador de los tres ámbitos. El más obvio de todos, el destino, hace gracia. Los hilos conectores de la ficción y la crudeza en forma de realidad. De los creadores del estreno de Spotlight durante el boom de los casos de pederastia en los Maristas, llega este noviembre un film que nace de un polémico Nobel de Literatura, mira tú por dónde. Las otras dos compañeras, la fatalidad y el azar, vendrán más tarde. Y será a raíz de la decisión del protagonista de regresar a su pueblo, inspiración de su obra literaria y recuerdo difuso en la memoria desde su fuga de joven.

¿Y quién podría ser este escritor? Alguien que abrace tanta pedantería como comida un mercado. Alguien más argentino que las cuerdas vocales. Más argentino que el césped verde. Más argentino que una micro-punzada interna al sentir ‘Corralito’ y ‘2001’. Más argentino que el quilombo. Alguien como Oscar Martínez. El actor interpreta a Daniel Mantovani y es toda una redundancia. Saltado por los nervios cuando hace falta y sobrepuesto a la conflictividad social casi siempre. Daría para recapacitar la buena ensambladura que hace Martínez en un papel tan agotador para el espectador. Un narrador mundial pelmazo y fastidiado por la fama. Casi sin espacio para empatizar.

Por otro lado, el interés no puede ser más alto: huyendo de la excitación de conferencias oficiales e intelectualismo de universidad, Montalvani huye allá donde el simplismo coge aires magnánimos, su pueblo rural. Allá donde la razón se enfrenta a la creencia. Dónde cualquier alma, incluso la de un Premio Nobel, se esclaviza ante las pulsiones sexuales, los antiguos amores de verano o las burlas de patio de escuela.

Un ciudadano ilustre

“Danieeeeeeeel”

Premio Nobel de Ironía para el film. Todo es una auto-broma. Desde lo que encuentra el escritor famoso en su villa hasta la forma de filmarse la película. Bien podría ser una forma genuina de ahorrar presupuesto, pero bien que funciona. Con la fotografía de una película porno de videoclub, la narración no se corta un pelo. Todo ironía. En vez de una secretaria apuntándole todos los premios y citas donde se lo reclama por todo el mundo, tiene a un hombre gordo e iletrado gritando “Danieeeel” con voz de carnicero en día dichoso. Todo ironía. Las conferencias las hace en una sala oscura con anillas hoola-hop de colores detrás. En la calle es intimidado por hombres silenciosos con camisetas sucias y coches de tercera mano con tribales desgastados y llamas rojas. En la televisión local aprovechan un silencio en medio de la entrevista para promocionar un ridículo refresco. Todo ironía. Se le presenta con un PowerPoint con olor a 2003 y se le trata con una doble moral que acaba explotando.

Todo es ironía pero no es una comedia. Es una historia con un trasfondo humano tan interno que conecta con cualquier que haya oído jamás una anécdota de tensión. Los personajes del entorno son variados e imprevisibles. Exceptuando dos tópicos sucios como el de la chica de la segunda fila o la precipitación de desdichas teatrales, todo es comestible. La película resulta un caramelo para aquellos que se  mofan de los sabihondos, para los sabihondos que no querrán reconocerse y para los que en algún momento, por breve que fuera, han querido saber el que es el humor propio.

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