No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas
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Si no fuera porque la vida es demasiado seria, la nueva por película de Maria Ripoll podría haber nacido perfectamente de la conversación: “Reto: contrata a 4 de los jóvenes actores y actrices más talentosos y prometedores actuales, píllate un guión de una novela ñoña relativamente exitosa y haz una peli mucho más inconsistente que Ahora o nunca. O sino, bebe”. Respuesta: “Lo de la peli, lo de la peli. Challenge accepted”. Y gritos de euforia sesgada posterior.

Un golpe más la directora catalana nos cocina una comedia romántica al vapor. Esta vez, pero, nacida de una chica torpona y crecida en el papel de rarita, Sara (Verónica Echegui). Protagonista que, de repente, se encuentra con su realidad invadida, su presente fracasado y su intimidad violada. Padres divorciados, novio en el extranjero y hermana viviendo en casa con su prometido – redoble de tambores – : el amor proto-platónico de Sara cuando iba a la escuela. Un guion adaptado por Carlos Montero y Breixo Corral que parte de la obra literaria homónima de Laura Norton. Ejercicio de guion buenista. Sueño amoroso americano revestido de fracaso español por asumir.

Como la centralidad de París en La France, Echegui es el epicentro de todo. Ocupa el plano entero con la cordialidad que da un tic de quitar y ponerse las gafas, o de su cara adorable al estilo ilustración. Brutal traspaso de estilos y cambio de género de la actriz madrileña, del dramita a la pura comedia, sin un solo zarandeo (Yo soy la Juani o Katmandú, un espejo en el cielo). Echegui soporta con firmeza la carga del papel de una mujer, versión femenina e histérica de Woody Allen, capaz de poner nerviosa a Gabriel Rufián.

No culpes al karma lo que te pasa por gilipollas

Y en perfecta tonada, la acompañan en el coro David Verdaguer, Álex García y Alba Galocha. Verdaguer, en el papel de novio, suma y suma como quien no puede parar y nos regala una escena de Skype más que salvable. García y Galocha lucen en el papel de enamorados guapos, bonitos y con belleza. La joven actriz que recientemente hacía de sobrina en El hombre de las mil caras acompaña a un Álex García de sensación refrescante y madura, que no se aburre ni con las mil capas de letrista cutre que le ponen desde el guion. De hecho, se podría decir que la película resbala en casi todo menos en los actores, pero sería obviar a un Jordi Sánchez exagerado y forzadísimo desde el principio.

Con sonoridad de Crystal Fighters y la misma fotografía bordada en filtro y modernez de su anterior obra, Maria Ripoll se tropieza constantemente como la protagonista. Seguramente por obra y gracia de un guion mal escogido, todo resulta histriónico, exagerado y súper-excitado. Desde el inconexo juego del karma hasta la evolución de las relaciones. Ni la música, que está siempre presente y pertenece al género que no necesita talento, aquella música que nos vestía y enamoraba cuando éramos adolescentes, salva la papeleta.

Si no te preocupas mucho, te dejas llevar por el magnetismo del reparto y te hacen gracia un par de gags, ya habrás salvado la sesión de cine. Pero no esperes más. En esta ocasión, la fotocopia torpe de un American Pie mezclado con Bridget Jones no ha surgido el efecto deseado. Y la trascendencia del discurso anti-planificador y la aceptación del fracaso no hace más que confundir en una obra donde no se justifica ningún comportamiento.

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