Y el séptimo día Dios descansó. Eso dice el Génesis. Y al séptimo capítulo, el cuñadismo descansó. Eso se ve en Merlí.

De un tiempo a esta parte, concretamente desde el inicio de la segunda temporada, el discurso y el lenguaje de la serie de TV3 se ha establecido. Ha acontecido un ente. Conceptos como merlinada se han instaurado en la cotidianidad de la trama y han dejado ver nuevos patrones de conversación. De la inmensa variedad de potenciales análisis, ha surgido uno especialmente incordio y cáustico: las frases aleatoriamente lanzadas con negatividad hacia la clase política. O, lo que últimamente se denomina, cuñadismos. Oraciones gratuitas, vagas y sustentadas sobre generalidades. Curioso comportamiento siempre aplaudido en una serie sobre la vida en una clase de bachillerato.

Merlí

Esta tendencia nacida de la segunda temporada, se ha repetido constantemente durante los seis primeros capítulos y se ha tomado un descanso en el último. Hasta 13 veces he contabilizado. De todos los colores. En clase y en el despacho. Por jóvenes y adultos. Chicos y chicas. Iván diciendo “los políticos, mucha imagen y después son todos unos corruptos”. Merlí espetando un “cualquier idiota tiene un cargo de responsabilidad, sólo hay que ver a la política”. Bruno, “si no fuera por las mentiras que dicen no los votaría nadie”. Coralina, “quizás te tendrías que hacer político, que de amiguismo saben mucho”. Todo el mundo moja.

‘¿Y por qué?’, ‘Qué buscan?’, ‘¿No había suficiente con la aparición de la cuenta @Cuñadodetuiter o la existencia de Bertín Osborne?’ se podría preguntar alguien. Reflexionemos.

Con la figura del cuñado nacida y nutrida por el imaginario común en los últimos dos años, ha nacido también una teoría del concepto. José Andrés Gómez, periodista de El Mundo, explicaba que “este singular fenómeno, cultivado a lo largo de los tiempos en base a muletillas, lugares comunes, perogrullos y tópicos rancios, vuelve a estar en boca de todo el mundo”. O el “garrulismo ilustrado” que resume Pepe Colubi. Quizás por esta rabiosa vigencia, sumada a la inestable situación política, alguien en el equipo de redacción se iluminó con el bombardeo de cuñadismos para la segunda temporada de Merlí. Quizás se buscaba la empatía con el espectador, el asentamiento de lugares comunes con este 16-20% de audiencia semanal. Quizás es simplemente un recurso para mostrar la falta de referentes políticos que se dan hoy en día. O quizás es una obsesión no detectada. Lo que está claro es que 13 veces quizás son ya un hábito. Y que se si se lo ha llegado a dedicar un artículo al asunto, quizás ya son demasiado.

Merlí

Basuraca .vs. morreo

Pero no es el único hábito detectable a simple vista. El lenguaje empleado es otro aspecto: carca y resbaladizo en algunos casos, y magníficamente refrescante en otros. Se crea un desequilibrio lingüístico en el siempre difícil guion de una serie juvenil. Por ejemplo, llama la atención la falta de concordancia entre un alumno de 17 años y una referencia a José María Aznar. O expresiones más atrasadas cómo “ser un plasta” o “morrearse”, altamente en desuso entre la juventud, y repetidamente oídas en la serie catalana. En cambio, no supone ningún esfuerzo reconocer a la juventud con expresiones anglosajonas como “it’s too much” en la boca de Gerard, incorrecciones como “basuraca” de la mano de Pol, referencias castellanas como “¿Qué pasa, Juanito?” o simples palabrotas.

En todo caso, se tiene que ser consciente que en los últimos meses, el contenido de Merlí ha sufrido una vigilancia reforzada y una incitación irrefrenable al comentario. El producto se ha magnificado, los artículos al respeto han proliferado y los análisis se han diversificado. Podría decirse que yo soy uno más de los que moja en esta salsa, pero es que la otra opción era continuar martirizando mis compañeros de visionado merlinario y, quizás, convirtiéndome en más incordio y más cáustico que la propia observación.

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