100 metros
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Como cualquier historia de superación, bienvenidos los cursis. Bien queridos también. 100 metros es la anécdota hecha épica de un héroe de casa – más héroe que el de barrio -. También es la apuesta valiente de un director convencido y convincente de visibilizar el cambio que supone sufrir esclerosis múltiple. Marcel Barrena (Món Petit) es el comandante de un barco que hace virar las carreras de Dani Rovira y Alexandra Jiménez, de la comedia al drama, y que llega a la tierra donde quería: el lugar donde los que no pueden andar acaban completando triatlones, sin más.

Con la cotidianidad de Ramón Arroyo (Rovira) truncada, y con la enfermedad degenerativa como antagonista, la película se convierte en un canto a la vida activa. Del caso real de un hombre negado a la resignación, nace un relato que aglutina familia, sudor y lágrimas (los que comprasteis pañuelos para Un monstruo viene a verme, no los guardéis). Es la transición de un hombre en plenas facultades a uno que no puede sostener la comida japonesa con los palillos. Un papel que Dani Rovira, para decepción del fenómeno hater, no destroza, pero que tampoco eleva al mito, ni mucho menos.

Con una dosis de dulzura propia de un diabético decidido a morir, el film se hace más épico y grandilocuente a cada minuto. Aún así, la historia destila sinceridad y pureza a trazos iguales y nos recuerda simpáticamente a un impossible is nothing versión española.

¿Y por qué es tan importante la familia? Porque se teje una red de micro-apoyo que distribuye la carga de la heroicidad. Y la embellece. ¿Cómo? Sobre todo, sobre todo, con Inma (Jiménez). La que se queda en la consulta cuando el enfermo marcha con un portazo. La que aguanta hasta las 4 de la madrugada a que él llegue borracho. La de las horas extra. La de la sonrisa y la de los juegos de convencimientos. Serenísima Alexandra Jiménez, obligada presencia a la nominación a Goya.

100 metros

Al otro lado de ella, dos hombres necesitados de ayuda, el suegro entrenador (licencia ficcionada del film) y el propio Arroyo. La relación entre el padre de Inma (Karra Elejalde) y el diagnosticado de esclerosis representa el pistoletazo de salida de los tópicos del film. El suegro diciendo “no nos gusta este chico”. El enfrentamiento ya rancio, el yerno contra el suegro, tan sudado como el profesor contra el discípulo o el Puigdemont contra Anna Gabriel. Y los chistes previsibles y amables. Y el dramatismo inducido de conversaciones nada cruciales. Y la aparición de una historia romántica sin-sentido. Y, en fin.

Con la dirección fotográfica de Alex Giménez (premio Goya por Ágora en el 2010), el producto visual se cierra en algo cercano al relato ideal. Ahora un compendio de planos detalles de la fresca natura montañosa, ahora un juego de sombras a una discusión de casa. Alternando entre la Barcelona más céntrica y el escenario rural aislado – totalmente aislado, lejano a toda civilización o villa -, se equilibra un viaje de amistad que pretende y consigue a medias supurar hermandad y camaradería.

Demasiado spot de La Caixa a ratos. Demasiado abocado al lanzamiento de frases memorables a otros. Pero verdadera, humilde y – ¿por qué no decirlo? – bella. Se guarda toda la pomposidad para unos recordables minutos finales que removerán al espectador. Es, en esencia, un loable ejercicio de riesgo y concienciación hecho película: nada sutil, nada inventivo.

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