Ça va
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ÇA MARCHE presentan Ça Va y en abril de 2017, por si os los habéis perdido, nos traeran Ta Gueule, en la Sala Hiroshima de nuevo. El colectivo ÇA MARCHE hacen una apuesta que baila entre extremos: lo hiperrealista y lo hiperabstracto. Se mueven des del recuerdo con metáforas, símbolos y al mismo tiempo no abandonan el hecho del seguir presente. El espectador juega, sin duda, un gran papel a la hora de decidir qué puede/quiere llevarse, si es que puede/quiere llevarse algo.

Una caja negra vacía y llena. Una luz pequeña que se pasea y bicicletas estáticas que entran y se posicionan en ambos lados del background. Dos cajitas, una detrás de cada bici. Dos cables, uno por bici, que recorren el perímetro para llegar a conectarse a la caja central de enchufes en el foreground. Dos cuerpos plateados comienzan a pedalear. Cesa la oscuridad a relámpagos de fluorescentes verticales apoyados en la pared que rodea el espacio. Se logra la luz. Aparece la madre. Las bicis continuarán pedaleando.

“La realidad no está dada, la realidad exige que se la busque y logre.” P. Celan.

Nos hablan de un esfuerzo de volver a presenciar aquello perdido pero aún latente. Escenificar lo que falta. Lo que no se puede tener porque precisamente no está. Ha sido y ahora tan sólo es humo, un alma perpetua pero que se sabe imposible de retomar. El construir el símbolo en el tiempo. La imposibilidad de hacer presente el pasado es lo que mueve la pieza. Entre el humo y los focos, linternas, fluorescentes y proyectores, se mueve la multidisciplina: la danza, el teatro, la instalación y la performance. Se mueven en los cuerpos de una niña, de una mujer, de un hombre y de los ciclistas ciegos y generadores. La voz no sale nunca directa de los cuerpos escénicos, sino que adopta una distancia en forma de voces grabadas en otro ambiente. A raíz de estas voces sin cuerpo, de repente aparecen mundos paralelos en el espacio presente, que se define por el que pasa y no por lo que es en sí mismo. Un vacío lleno donde todo es pintado de magenta y púrpura, tonos hacia arriba y hacia abajo, con el fondo negro infinito punteado de blancos. Las bicis pedalean.

“[…] Heridos de realidad y en busca de realidad.” P. Celan.

Recuerda a ‘Black Mirror’, la serie tan hiperabstracta como hiperrealista a la vez. Aparece la violencia del recrear lo que pasa. Tiene una paleta tanto de colores como de formas, como de conceptos muy similar a la serie creada por Charlie Brooker. Trabajan desde un lugar donde el espacio visual coge una magnitud fuerte. La imagen que sobrepasa la realidad, y que consecuentemente queda clavada en la retina y en la extensión del cuerpo del espectador, es la del hombre cayendo. Cayendo y, claro, levantándose. Son las infinitas levantadas y caídas del hombre, que cae debido al cuerpo bañado de un líquido que se desliza y hace resbalar y golpear el cuerpo de Oriol López (dramaturgo, autor de esta pieza e intérprete ocasional). Una investigación de los límites del arte escénico donde las bicis pedalean non stop.

Nico Jongen (dirección) y Oriol López (dramaturgia) nos llevan hacia un paisaje que se autogenera en su ser y que provoca la autogeneración en el público. La falta de unos absolutos y del no subrayar provoca el desconcierto, una apertura que abraza y que deja abrazar. Por lo tanto, procede todo lo que uno permita que proceda: la risa, el miedo, el llanto, la sorpresa, el asco, la angustia. ¿Qué más queremos? Que las bicis sigan pedaleando. Y lo hacen.

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