Un monstruo viene a verme
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Kleenex patrocina este espacio. Basada en la homónima novela de Patrick Ness, la producción íntegramente española de 25 millones de euros de Juan Antonio Bayona se postula para ser la lágrima de oro de este año cinéfilo. Así, el director completa su trilogía imprevista sobre el drama materno-filial y el olor a muerte. Y sin envidiarle épica a Lo imposible (2012), nos acerca a un puñado de conflictos personales tan sobrecogedores como cotidianos. La película es una autopista a la verdad con caros peajes para atravesar. 

De la habitación de un niño de 12 años nace un relato fantástico que, de inicio, te presenta un monstruo sin nombre (Liam Neeson). Lejos de la escena de pánico y fuga, Connor O’Malley (Lewis MacDougall), tan inconsciente como la edad le permite, siente una atracción desesperada hacia un ser que sentirá cada vez más real. Con una madre en lucha contra el cáncer y un cuadro de agresión escolar, el protagonista alterna la fantasía y la realidad como quien cambia de camiseta. Y lo hace de la mano del arte. Su arte. De dibujos e historias.

De hecho, el mismo Bayona ha apuntalado la obra con el detalle del dibujo por una razón: es el sello personal. Fue su refugio así como lo es para Connor. Y en el arte como vía de escape se pone en valor el propio cine. Muy casualmente parecido al actual Kubo y las dos cuerdas mágicas, el director español también utiliza el relato de un niño con una madre en peligro para reivindicar la figura de la historieta, el arte. Casi obligatoria para superar la terrenalidad.

En el plan rítmico, destaca como la obra refunfuña, quejándose de un mundo de asco, pero con una clase de gracia involuntaria. Te planta un drama descarado con ritmo casi aventurero. Esto era una obsesión para Juan Antonio Bayona, que no quería recrearse en la pena. En una entrevista a Cinemanía explica como reía el montador, Jason Ballantine, que decía que era “cómo si le estuviera pidiendo que montara un musical mudo”.

Con un piano aguijón como cabeza de cartel de la banda sonora, el hilo musical acompaña grandilocuente cada secuencia rabiosa. Este iba a cargo del mismo Fernando Velázquez, que ya lo vistió musicalmente en El orfanato y Lo imposible, y ayuda a hacer bailar el arrebato por encima del sentimiento. Siempre acompañando el color oscuro del film. Aquel color nacido de la mezcla del barro sucio en la húmeda Gran Bretaña con la luz de los días cortos. Color oscuro como aquel que llama a los monstruos cuando los niños duermen.

Un monstruo viene a verme
¿Por qué quieren matar a King Kong?

En esta pregunta lanzada por el niño en una entrañable escena en que la madre y él disfrutan de una privada proyección casera del clásico fílmico se concentra toda la esencia de Un monstruo viene a verme. De una pregunta con respuesta intuida se desprende la ternura, duda y crueldad que retrata finalmente la narración de Bayona. Siempre traída al límite con el juego que da la centralidad de un personaje infantil, en esta ocasión capitaneada por el brutal Lewis MacDougall, la historia hierve. El relato descansa sobre el mundo interior de Connor y el desmesurado MacDougall se presenta ante la cámara dispuesto a comérsenos e inyectarnos una generosa dosis de nervio puro – sin cortar – con la mirada.

En el entorno familiar, Sigourney Weaver como la abuela superada y Felicity Jones como la madre enferma, se intenta proteger al niño con mentiras que retrasan la verdad. Pero el film va mucho más allá, va hacia el fangoso terreno de la autocensura cognitiva, aquello que sabemos que sabemos pero no queremos ni pensar. Hasta que se nos hace evidente cuando lo gritamos. Por desgracia, no todos tenemos un monstruo que nos explique historias de fábula y nos recuerde la importancia del legado familiar. De verdad que es el monstruo más bonito y menos estético que se ha visto últimamente en el cine. Quizás la pausa intermitente de la película no convence a todo el mundo, pero la ambición de la temática y la ejecución agresiva paga cualquier pena. Incluso la de un cáncer.

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