Elle
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Quien conozca a Paul Verhoeven sabrá que su almohada de confort es la que tiene una etiqueta de ‘turbio’. Quien no lo domine, tardará lo que se tarda en leer esta frase en no olvidarlo. En ambos casos, palomitas a la boca y cambio de postura constante. Elle, aprovechada de una Isabelle Huppert repelente y atrayente, nos invita a juzgar los tabúes de escenas sucias y de vidas ocultas. A paso lento, muestra algunos misterios y otros los deja enterrados sin darles más importancia. Ligera, afilada y puñetera.

Gemir: 1. Intr. Dedo de una persona: Emitir sonidos que expresan dolor, pena o placer sexual. Extraído del diccionario de la Real Academia Española (RAE). Y viene a cuento porque, del gemido nace todo, nuestra vida y la película de Verhoeven. En los primeros tres segundos, la violación de la protagonista, Michelle Leblanc (Isabelle Huppert), nos avisa que el film no andará por senderos curvos, sino directos. Y lo que empieza siendo una violación, lejos de convertirse en una denuncia socorrida a la policía, se transforma en la caza particular de una mujer empoderada. Y de aquel abuso al final del relato, tendremos tiempo de contemplar toda la gama del gemido anunciada por la RAE: “el dolor, la pena y el placer sexual”.

Narrada a base de miradas que dicen demasiado en espacios burgueses de la Francia actual, la historia mezcla los traumas de una mujer con un padre psicópata con la eterna represión sexual. Con un incentivo: la protagonista, la víctima, no se percibe como víctima, sino como una víbora soltera y dueña de una exitosa empresa de videojuegos. Y sabedora de la ocasión, Huppert suelta toda su anti-expresión para hacer del papel un personaje seco y medido por ordenador. Seco como el portazo de un tanatorio o los calzoncillos de un eunuco. Y lo hace con tanta pertinencia que resulta respetable que algunos la califiquen como la mejor actriz del momento.

Isabelle Huppert Laurent Lafitte

La película del que fue director de Instinto básico (1992) sentencia su versatilidad en el cambio sutil. Sin darnos cuenta, te traspasa de la tensión de muelas a la risa culpable. De la intriga al humor. Viaje con transbordo constante. De la soledad nocturna y los vientos de tormenta a la coexistencia de un hijo atontado con una novia canónicamente detestable. Y, sobre todo, como no podía ser de otro modo, la francesidad máxima: las cenas con luces cálidas. Morbo y conversaciones puntiagudas. Bordería de tópico europeo.

Junto a esta actriz de moda – también en cartelera con El porvenir -, Laurent Lafitte, en su papel como atento vecino, descarga peso narrativo con un intenso aroma a enigma gratuito. Este francés, mezcla física de Mark Ruffalo y Ben Affleck, empatiza más con el espectador que la propia protagonista. También aporta el poco tono humanista que se puede encontrar en estas dos horas de largometraje.

Con una imagen dominante oscura y una presentación excesivamente congelada, la apariencia no salva algunas carencias de imaginación en el guion. Si bien excelente en la trama principal, perdido en tópicos incoherentes en las subtramas familiares. Aun así, el sexo como punto de encuentro francés lo vulnera todo, desde el matrimonio a la vida, y Verhoeven nos lo empaqueta con la dureza que se merece, el misterio que nos excita y la poca vergüenza que lo define.

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