Escribo estas líneas aún con la voz ronca tras mi primer festival de música, a pesar de no cumplir con la media de edad de los debutantes. Nunca me he considerado una entendida; he descubierto distintos grupos vía amigos y Spotify, por lo que estoy muy lejos de ser una experta.

Me ofrecieron ir al Sonorama en agosto, un festival indie consolidado desde su inicio en 1998 y que año tras año ha ido duplicando sus asistentes. Conocía a algunos grupos invitados y me apunté a ir. Durante el transcurso del festival tuve la oportunidad de observar las mareas de gente trasladándose de un escenario a otro con una nueva extensión de su cuerpo: un gran vaso de alcohol. Como todos sabemos, la suma de cansancio y bebida implica pasar por distintas etapas y la misma euforia emocional se puede transformar en reflexión profunda. Y ahí estaba yo, rodeada de jóvenes que saltaban con letras que acostumbraban a ser rebeldes con el fin de romper con el status quo y no tuve nada mejor que hacer que abstraerme y plantearme por qué todos ellos decidían ir al Sonorama sin probablemente conocer más de diez canciones y no pisaban un teatro puesto que éste último pretende tener un carácter denunciable. ¿Por qué Frinje, Almagro o Alcalá visten esas mareas endogámicas y no son los jóvenes los que asisten? ¿Cuál es el factor que les hace ir a un festival de música y que no se mueran de ganas por conocer teatro? La respuesta es rápida e implacable como los efectos del responsable: La fiesta y el alcohol.

Los grupos musicales, sean cabezas de cartel o no, se trasladan a un segundo plano para ser el hilo musical de las borracheras de casi adolescentes que saltan tanto si cantan en inglés o cantonés o si de una balada se trata. The Hives, Mando Diao, Corizonas o León Benavente se convierten en un murmullo que resultará más fácil de olvidar que las resacas venideras.

Con estas líneas no pretendo decir que esa juventud es imbécil. Estoy segura de que tienen sus preocupaciones y que les cuesta huir de ese estado característico de la edad en la que se encuentran. Somos una generación que está rompiendo con muchos de los cánones que vivieron nuestros padres. Tenemos unas luchas distintas o continuamos otras muy arduas como la igualdad social de la mujer frente al hombre. E insisto en remarcar que esos asistentes al Sonorama son totalmente capaces de capitanear sus batallas, pero ¿pretenden hacerlo a golpe de trago de calimocho? Nuestra escopeta debe estar cargada de cultura y un festival de música puede ofrecerlo siempre y cuando el botellón no le robe el protagonismo. Toda esa situación me recordó al capítulo de South Park en el que unos hippies se montan un festival y se pasan nueve días borrachos y colocados diciendo que están cambiando el mundo.

Ante este paisaje desolador, ¿qué pueden hacer los profesionales de las artes escénicas para incentivar el consumo de cultura juvenil? Teatro dirigido expresamente para jóvenes. He leído que denominar así a ese tipo de teatro ya es un error por parte de la cultura pero considero necesario que se produzcan piezas con las que ganarnos a los jóvenes, con las que podamos demostrar que pueden tener otro tipo de entretenimiento que incluso les inicie el debate y reflexionen. Recuerdo una conversación con mi compañera Pinar Bermudo en la que me desveló por qué había decidido hacer la obra que ahora mismo tiene en cartel: El trato (aprovecho para promocionarla y comentar que estará en la Sala Tú los sábados de septiembre). Este texto, escrito y dirigido por ella, no tiene más pretensión que dirigirse a un público joven para entretenerlo y lograr que a su espectador le pique el veneno del teatro para seguir viendo más y más teatro. “Quiero que disfruten y que quieran volver al teatro.” ¿Puede que sea una alternativa real a que muchos jóvenes encuentren otro pasatiempo y que les llene?

Lo cierto es que en numerosas ocasiones ya se ha intentado dirigir un producto escénico hacia jóvenes o adaptar clásicos para jóvenes y, desde mi humilde punto de vista, creo que la mayoría han sido un error por tener un denominador común: la creencia equivocada de cómo son/somos los jóvenes. Porque no. No son unos seres que se caractericen por beber, follar y hablar mal y llevamos años (o puede que décadas) representándolos así. Asegura Fernando J. Lópezque subestimamos a los adolescentes, infravaloramos su sentido crítico” en una entrevista del país. El autor y profesor dedicado a ese público tan olvidado por la cultura, ha publicado algunos textos intentando dar voz y curiosidad a jóvenes.

Necesitamos un teatro de calidad para adolescentes y jóvenes. Un teatro con valores y luchas vigentes que les afecten y se sientan partícipes de su historia, de que –como dice Mr Robot– “podamos cambiar el mundo”. Debemos conseguir que los jóvenes salten manchándose de calimocho y cantando “Arriba los de abajo” de Egon Soda con el fin de que el mensaje cale más en ellos que las manchas.

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