The Beatles: eight days a week
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Ron Howard, con su versatilidad de cuento de hadas y comedia fresca, nos acerca esta vez a un rockumental sobre aquello inabarcable, indiscutible e inaguantable: The Beatles por dentro y por fuera. A partir de la incursión a las macro-giras del grupo inglés, el que fue director de películas como Una mente maravillosa o Cinderella Man y de documentales como el Made in America de 2013, encuentra una excusa para rememorar la leyenda pop más etérea del siglo XX a través del núcleo interno de los cuatro de Liverpool, sus ocurrencias y sentimientos mientras afuera el mundo ardía.

Con la memoria en el pretencioso día en que The Beatles conquistaron sin bandera los Estados Unidos, aquel 9 de febrero de 1964, tocando por primera vez en el país y con el condecorado Ed Sullivan como maestro de ceremonias, la película circula por la locura instaurada desde aquel instante, pero concebida mucho antes, con tanta música como brillantez dialéctica. Aún y así, no hay que ser especialista para comprobar que este Eight days a week pintará una visión menos ideal y más realista de la aproximación al calvario que, sin avisar, intentaron domar estos cuatro músicos, genios y granujas. Aquellos que representaron cualquier movimiento desafiante de los años 60, que tenían por obligación sacar un single cada 3 meses – y un álbum cada 6 – y que gozaban de una calidad prolífica sencillamente comparada a Mozart.

Y el film sale adelante gracias a la colaboración de la ya totalmente exenta de rencor Yoko Ono, los testigos actuales o pretéritos de McCartney, Lennon, Harrison y Ringo, una batería de entrevistas al entorno implicado y el material visual recolectado bajo las piedras de archivadores llenos de polvo o fans acérrimos. De aquellos años de cambio. De aquellos años que los ‘fab four’ hicieron mudanza musical por todo el mundo, de los 250 conciertos, del dolor de cabeza para los policías locales de manga corta y gorras oscuras, de las conexiones con la megafonía de estadios para reproducir el sonido de los directos, del vaivén izquierda-derecha de Paul mientras canta y de los padres anunciando a reputados periodistas que The Beatles eran el cáncer de la sociedad occidental. De todo esto bebe el film, tan sediento cómo satisfecho finalmente.

Como el bar de esquina sospechosa que a las 23:30 te dice que ya sólo te ofrece bocadillo de frankfurt y patatas equivocadamente bravas, sólo estas dos cosas y sólo frankfurt y bravas, Eight days a week te ofrece la versión interna de la perturbación universal beatle de la mano de los protagonistas y fans sin historia gritando y desfalleciendo, sólo estas dos cosas y sólo protagonistas y chicas desfalleciendo.

The Beatles: eight days a week

A ratos película de terror, a ratos documental incidente. La obra de Howard recorre los escenarios que los Beatles crearon justificándolos con un agradecido repaso històrico-musical sólo audible para el espectador, nunca por las ensordecedoras fanáticas, y una picaresca ingeniosa nacida de la complicidad de la hermandad y la más estricta definición de ser ‘unos caraduras’. Todo es susceptible de bromearse. Todo. Y ni un paso atrás. Ni una situación escapa a su mordacidad. Ni cuando el perdón es obligado y la gravedad máxima. Siempre hay una risa bajo la mesa, transmite la narrativa fílmica.

Y es que tan difícil como escribir una crítica cinematográfica sobre The Beatles sin gastar referencias musicales ni enarbolar una cita magnánima de uno de los miembros canallas, debe ser dirigir una película sobre tus ídolos sin edulcorarla en exceso. Y a pesar de no conseguirlo del todo, Howard deja divisar la oscuridad de las sesiones de estudios, donde la magia, no se sabe si negra o blanca, tenía cabida. También las tendencias prematuras al agotamiento mediático de George Harrison y John Lennon.

Decía Platón que el concepto de mito necesitaba de un escrutinio exhaustivo para delimitar su pertinencia y, en caso de ser correcta, convencer las madres y las ayas para que explicaran los mitos autorizados a los niños. Pues bien, aceptando que el de The Beatles es el más unánime mito autorizado de la modernidad, por delante de la cerveza y ciertamente por delante la religión, esta película lo aborda desde un enfoque liberador. Liberador de la carga que alguien, quizás ellos, se colocaron sobre sus blancos hombros. Liberador del antagonista, la masa y la presión. De señoras en conciertos repartiendo pañuelos y periodistas sacando espuma por la boca antes de preguntarles.

Pero como siempre, ellos tenían un single más. ¿Cual? Encerrarse en el estudio.

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