Juego de armas
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Con todo el pescado de Resacón en Las Vegas vendido, su director, Todd Phillips, sintió una punzada al maxilar izquierdo que lo sacudió interiormente para hacerle entender que era el momento de cambiar y hacer un cambio. Pasar de la etiqueta de comediante exclusivo rey de los ‘au, que bestia’ a un principio de polifacético director tranquilamente mordaz. Y así, con Juego de Armas estrena un híbrido de géneros que resulta ser una crítica velada al gobierno republicano de los Estados Unidos, la gestión armamentista en época de guerra y el refrito Sueño Americano. Todo esto con la irreverencia satírica ya argumentada a su currículum filmae y una historia de traficantes de armas (casi) real basada en el artículo de Guy Lawson para la Rolling Stone.

La historia pretende ser básica: dos amigos de la infancia que acontecen socios moneymakers. Aprovechando la necesidad del gobierno americano y con el único recurso de un portal web, hacen magia. Sobre todo para David Packouz (Miles Teller), un joven con escaso éxito laboral a punto de ser padre, que encuentra en el sociópata Efraim Diveroli (Jonah Hill) la solución a sus dolores de cabeza. Y, si bien hay pruebas inculpatorias de un sospechoso duplicado de El lobo de Wall Street (véase el propio Hill, el desenfreno adinerado, el polvo blanco, y el aprovechamiento de las ‘migajas’ que nadie explota en el sistema para hacerse rico), el film de Philips acaba recibiendo la atenuante de producto más plano y menos ambicioso.

A partir de aquí, la obra baila enérgica, graciosa y descoordinada a partes iguales: ahora te dramatizo, ahora te aventuro, ahora te río, ahora te hablo de velocidad, y ahora de tocino. Y en medio de esta vorágine, una risa. La de Efraim Diveroli. La torcida e idiota risa del maldito Efraim Diveroli. Administrado con mesura, puesto que no quiere, en palabras del director, “que domine la película”, la risa maníaca que incorporó el mismo Jonah Hill resulta un helado al final de una maratón. Así, en la lista de aportaciones de actores a los guiones, como el gato de Vito Corleone o el “Are you talking to me” de Travis Bickle, aparecerá un nuevo recurso que dota al bueno de Hill de un extra de comicidad en una película que carga demasiado peso sobre él y lo oscurece paulatinamente.

Juego de armas

Junto al gordo actor, la pertinente historia de amor de la película aglutina a dos actores al alza: uno confirmado y el otro en proceso, Miles Teller (Whiplash, X-Men) y la cubana Ana de Armas (El internado). Si bien es cierta la necesidad de un potente personalismo para este film, a Teller se le aprecia tan explotado como satisfactorio en un papel de dudosa pertinencia. Por su parte, Ana de Armas juega a hacer de Iz en una interpretación que va de menos a más, que contagia ímpetu más que amor y que sentencia una de los romances menos empáticos y creídos del cine actual.

  • Es seguro ir en coche hasta Bagdad?
  • Muy seguro. Fifty-fifty.
  • ¡¿Cómo!? 50 por ciento de probabilidades de vivir, 50 de morir?
  • Sí, por eso viajamos de noche. Es más seguro.
  • ¿Cuánto más seguro?
  • Fifty-fifty.

A ritmo de música universal sudada ya por todas las camisetas de cualquier persona con radio y planos de skylines de cada ciudad visitada, la película circula siempre digerible y a ratos insustancial. La sólida crónica de como unos jóvenes engañaron el gobierno norteamericano para adjudicarlos contratos armamentistas millonarios refresca en el diálogo y resbala en cualquier tipo de profundidad. En especial, se ensaña con el Sueño Americano, sólo disponible a través del engaño y el ridículo ajeno.

Con la aparición de Bradley Cooper (también productor), se acaba de cuadrar un relato entretenido, con ápices de interés, que marea y ronda por la diversidad genérica como un insecto de verano en el salón de casa, deteniéndose en una posición para cambiarla súbitamente a continuación. Todd Philips, por su lado, presenta su candidatura a proyectos alejados de la casa de la comedia, y nos deja una invitación a juzgar el éxito y el fracaso, los vestigios de humanidad y la construcción de aquel ente denominado ‘mentira’.

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