Tarde para la ira
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“Siempre he soñado más con dirigir que con actuar” confesaba Raúl Arévalo al acabar su primera película, Tarde para la ira. Y, a juzgar por el resultado, todos desearemos lo mismo a partir de ahora. La primera obra de Arévalo es un thriller lozano, penetrante e insultantemente robusto. Los protagonistas se valen de un guion escrito específicamente para ellos (Antonio de la Torre, Luis Callejo y Ruth Díaz) para lucir en su interpretación y hacer verosímil cada segundo de film. El nervio envuelve toda la película y la hace caer en redondo en la lista de revelaciones anuales.

La historia es un canto a la venganza, de rodillas y mirando a su balcón. Nace del recuerdo de un atraco a una joyería 8 años atrás, Curro (Callejo) cumple su pena en la prisión y, al salir, se reencuentra con su mujer, Ana (Díaz), su gente y un hombre desconocido, José (De la Torre). A partir de la relación previa cuajada entre los dos otros protagonistas, Curro se enfrentará al misterio que se interpone entre él y su proyecto de vida post-convicto. El flujo de la obra es un regalo que se abre al ritmo que impondría la abuela en navidad. Y se deja mirar con la misma amabilidad. Sin prisa y con tanto cuidado que recuerda al delicadismo francés.

La película es un compendio de referencias fílmicas: alterna los aromas psicóticos de Oldboy, la crudeza instintiva de Relatos Salvajes y una versión mucho menos emocional de El fuego de la venganza. Pero el sello personal es férreo. Raúl Arévalo, junto con David Trujillo, se ha tomado 7 años para escribir esta historia y todo estaba milimetrado, desde los silencios hostiles hasta la cámara inquieta, de los colores nostálgicos a la percusión briosa de Lucio Godoy (Los lunes al sol, Blackthorn). La evidencia se cristaliza en el equilibrio del guion, tan inmerso en el drama como descargado en la sátira puntual – episodio donde merece especial mención la actuación del gigantesco Manolo Solo -.

Tarde para la ira

En esta fiesta no apta por los abstemios del cámara en mano y los planos cerrados, el aspecto visual toma una fuerza estelar. A base de alternar trávelins a las espaldas de los personajes y primerísimos primeros planos, el film entierra el aburrimiento visual imperante y consolida la apuesta de autor del primer largometraje con la firma de Arévalo. Tal es la obstinación del director que, para endurecer la narración, la película se presenta con el casi extinto súper 16mm pese al gasto extra que suponía. Aún y así, la presentación general no esquiva la clásica estética española, con el aroma a narración costumbrista, grotesca, oscuridad, desencantada y natural.

“te quedan torreznos?”

El hecho de que los escenarios de barrio y pueblo sean profundamente familiares para el director – son donde se crió – resulta vertebrador al escenificarlo. La realidad vecinal rezuma entre banalidades tremendamente descriptivas como un “¿te quedan torreznos?” en el bar, o un abuelo diciendo “pitorrillo”. La sensibilidad en la representación es el toque obligatorio para masticar este thriller de oscura potencia. Además, resulta el componente compensatorio cuando se tiene un presupuesto de sólo 1,2 millones de euros. Una condición que, con éxito de nuevo, ha propiciado que tengan pequeños papeles en la película familiares y amigos del mismo Arévalo. Y a su lado, actores del corte de Antonio de la Torre, que llega puntual a cada matiz de la contención interpretativa, Luis Callejo, creído hasta la médula en un papel que sería facilísimo desmerecer por sobreactuación, y Ruth Díaz, seductora y desesperada a tiempo parcial.

En esencia, Tarde para la ira es un ensayo sobre la furia en almacén y lo ineludible de las acciones humanas. Con penetración en el mundo del simplismo social y la convivencia con el pasado, Arévalo retrata una sociedad cruda y seca con reminiscencias de tragedia griega. En todo caso, al espectador le quedan escenas de tensión memorables que le han valido la presencia en el actual festival de cine de Venecia.

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