Les bruixes de Salem
5Nota Final

Un proceso indignante

La noche es cálida. El anfiteatro lleno hasta los topes. Miro a mi alrededor mientras busco mi localidad. Es un lugar muy especial. Un vestigio de otros tiempos, de otra manera de hacer teatro. La noche es cálida. En medio del escenario, una sencilla plataforma de madera colocada con elegancia, un primer movimiento brillante en su simplicidad. Un reparto prometedor. Una dirección que da garantías de calidad. Y un autor que no necesita presentación: Arthur Miller.

Tomo asiento con impaciencia. Estoy en la sexta fila, una posición de lujo en un espacio como este. Se apagan los focos y nos quedamos bajo la luz de la luna. Adecuado. La Salem de 1692 nos espera. Es una noche cálida. Cuatro chicas bailan en medio del bosque. Juegan, experimentan, se desnudan. Con tan sólo un cenital, Andrés Lima nos dibuja un inocente aquelarre. Sonrío ilusionado. Como decía, genialidad en la sencillez, simplicidad en la elegancia. Lluís Homar hace una breve presentación, exponiendo brevemente los antecedentes de la obra y el por qué de la necesidad de Miller de escribir algo parecido. La plataforma de madera se vuelve más compleja cuando le crecen tres paredes, también de madera, y vemos un típico hogar de colonos (un espacio dramático que no dejará de evolucionar positivamente a lo largo de la función.). Aparecen los personajes… Y empieza mi martirio.

La falta de naturalidad de las primera réplicas me sorprende. No es éste un autor para experimentar con declamaciones poco orgánicas. No. No se trata de un estilo intencionado a la hora de decir el texto. Son los actores. Pasa la primera escena y empiezo a sentir una incomodidad que no quiero reconocer, se abre camino una duda a la que no quiero dar voz… Todavía. “Están fríos. –me digo- Les cuesta arrancar. Lo entiendo. Es un espacio imponente… 2000 personas… No pasa nada. Tu, tranquilo.” Pero por mucho que quiera negar la realidad, ésta es y será la que es. Durante las siguientes tres horas, asisto a unas interpretaciones mediocres en el mejor de los casos y de auténtica vergüenza ajena en la mayoría. Voy mirando y releyendo el programa con histérica incredulidad. El reparto es bueno, me consta. Entonces ¿Cómo se explica lo que estoy viendo? Gritos dónde debería haber matices, frialdad dónde se precisaba implicación, lentitud cuando se necesitaba dinamismo… Nada. Nada de nada. Empiezo a mosquearme. ¿Qué está pasando? ¿Por qué no nos acercan la obra? ¿Por qué no nos la hacen disfrutar? Hacia el último tercio de la representación, aparece Lluís Homar para aportar fuerza a la historia. Las inmensas tablas que lleva a las espaldas hacen que nos ofrezca una interpretación sólida que, si bien no se aleja de la zona de confort, al menos no descarrila trágicamente como las demás. Mientras tanto, el espacio evoluciona con notable maestría. La puesta en escena es buena, muy buena, excelentemente concebida y trato de aferrarme a ella como un naufrago. La iluminación es exquisita y se funde con la escenografía de manera casi sensual. Y los actores hablan y destruyen un apartado técnico tan bien ejecutado. Durante la función, en momentos que nada tienen de cómicos, se escapan algunas risas. Es lamentable pero comprensible. Una obra que habla sobre la injusticia, sobre el miedo colectivo, sobre las barbaridades que el ser humano es capaz de perpetrar cuando se encuentra bajo el lunático influjo de sus rincones más oscuros… Un texto que pide a gritos la identificación de los espectadores, el horror como sensación generalizada y que, por culpa de un trabajo mal hecho, se convierte en una suerte de comedia. En efecto, privados de todo viaje, de toda empatía para con los personajes, tan sólo contemplamos una serie de situaciones anecdóticas que impulsan la risa… o la indignación, en mi caso. Vencido por la desilusión, intento, al menos, elaborar un diagnóstico que pueda explicar unas interpretaciones tan nefastas. Y la explicación se me escapa. Parece autocomplacencia, pasotismo, desidia. No se dejan la piel, no ponen todo lo que son, sus entrañes, en el papel. No dignifican el maravilloso espacio escénico que ocupan. ¡Esa es la palabra! Dignidad. No hay dignidad ni en la voz, ni en el cuerpo, ni en la energía. No hay dignidad en la actitud. La obra se hace larga (extremadamente larga) y quizá habría hecho falta una buena dramaturgia del texto para acentuar el dinamismo y maquillar el fraseo vacío de los actores. En resumen, una amarga decepción que costará olvidar. Un potencial brillante que se estrella por falta de ganas. Quiero decir que me ha gustado. ¡En serio! Quiero escribir una opinión favorable y firmarla ante los jueces. Quiero unirme a los otros feligreses en una alabanza y ponerle mi nombre. Pero no puedo. Sería una mentira. Y, así, como John Proctor, me niego a prestar falso testigo y me niego a acatar las órdenes del tribunal ante la imagen la horca de Salem. Es un buen montaje. Pero no funciona. No ha sido una buena experiencia. No se ha hecho buen teatro.

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