Demolición
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Jean-Marc Vallée, el director de “Dallas Buyers Club” i “Alma Salvaje” vuelve a las carteleras con “Demolición”, una de sus películas sobre viajes vitales de personajes perdidos en dramas propios. En esta ocasión ha alistado a su reparto a un Jake Gyllenhaal que también repite este tipo de personaje confuso y desubicado que ya le resulta tan propio.

Davis (Jake Gyllenhaal) es un exitoso gestor de inversiones que pierde a su mujer Julia (Heather Lind) en un accidente de coche del que él sale ileso. El comportamiento de David tras esos hechos, dejará perplejos a sus suegros (Chris Cooper y Polly Draper) y todos los que le rodean, que ven como su reacción dista mucho de ser normal. La única vía por la que el chico parece expresarse con sinceridad, son las cartas que escribe al servicio de atención al cliente de una compañía de máquinas de vending. A través de estas misivas a corazón abierto, conocerá a una de las empleadas de la empresa, Karen (Naomi Watts) y a su hijo Chris (Judah Lewis). Los dos se convertirán en partícipes del proceso de deconstrucción y reconstrucción de Davis.

Con esta trama de fondo, “Demolition” se convierte en un título y historia metáfora en la que un hombre incapaz de sentir las emociones consideradas normales ante una tragedia, debe demolerse a sí mismo antes de poder volver a renacer. Y lo hace trasladando este proceso a neveras, electrodomésticos e incluso casas, que se dedica a desmontar y demoler de forma compulsiva.

 

Demolition Jake Gyllenhaal Naomi Watts

Y sí, es ese sentido la metáfora funciona en la película, a pesar de que tampoco sea extremadamente original si sutil (el propio protagonista lo dice en uno de sus diálogos). Pero la apuesta por este símil se convierte en un problema cuando la historia no se atreve a profundizar y nos deja solo con la reacción exterior de Davis para empatizar con su drama. La buena interpretación de Gyllenhaal es prácticamente la única carta a la que nos deja aferrarnos “Demolition”, y depende demasiado de hasta qué punto conectemos con su mirada perdida, su pose confundida y sus reacciones absurdas. Estas y las cartas que escribe a Karen son las únicas pinzeladas para intentar entender un conjunto con demasiados agujeros y hechos oinconexos.

Solo si Gyllenhaal consigue que conectéis con él el film os podrá dejar satisfechos. De lo contrario, me temo que no haréis vuestro su viaje emocional, que puede incluso acabar resultando tedioso e incomprensible. Porque de hecho uno ni siquiera acaba plenamente convencido de hasta qué punto lo que presencia son emociones genuinas o una manipulación por parte del protagonista o de los que han trazado la historia.

Más cuando Jean-Marc Vallée y el guión de Bryan Sipe añaden otras piezas al film – una mujer que ahoga en la marihuana la insatisfacción de una relación sin pasión y un niño con problemas de identidad – y se decantan por un drama a ratos francamente deprimente con casi nulos elementos de distensión. Un tono dramático que incluso se les va de las manos en el tramo final, en lo referente a los hechos que afectan al personaje más joven de la trama.

 

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