Dos antiguos triunfadores de Un Certain Regard, el rumano Cristi Puiu con ‘La muerte del señor Lazarescu’ en 2005 y el francés Alain Guiraudie con ‘El desconocido del lago’ en 2013, se han estrenado en la competición grande del Festival de Cannes con ‘Sieranevada’ y ‘Rester vertical’ respectivamente. Junto a ellos el gran veterano de la competición, el británico Ken Loach en su 15ª participación, ha presentado ‘I, Daniel Blake’.

Puiu basa gran parte de sus casi 3 horas de duración de su ‘Sieranevada’ en los rituales.  Según la costumbre rumana a los 40 días del fallecimiento de una persona, sus familiares y amigos se vuelven a reunir para conmemorarlo. Y aunque el título juegue al despiste, eso es precisamente lo que cuenta ‘Sieranevada’.

Tras un arranque en el se presenta a la pareja protagonista con sus problemas del día a día, Puiu encierra al espectador durante más de dos horas en un apartamento de Bucarest con toda la familia del fallecido en una variante socarrona y bastante oscura de la tradicional comedia de puertas asociada normalmente al vodevil.

Como en toda reunión familiar que se precie, no tardan en surgir los conflictos, las distintas visiones, los recuerdos y la discusiones, desde lo global, como las teorías conspiranoicas acerca del atentado de las Torres Gemelas,  a lo íntimo, parte de los conflictos los genera las infidelidades conyugales de uno de los miembros de la familia, pasando por la política rumana, el pasado comunista y su legado.

Los miembros de la familia se mueven por la casa, entran y salen de las habitaciones, abren y cierran puertas, interrumpen o abandonan conversaciones al ritmo marcado por el ritual de la celebración, mientras son observados y seguidos en la distancia por una cámara casi siempre fija y a la altura de los ojos en un trabajo de planificación, puesta en escena y sonido extraordinario que debería situar ya a Puiu entre los candidatos a la mejor dirección.

Sieranevada

Otra de las incorporaciones más estimulantes a priori de la competición de esta edición era  ‘Rester vertical’, el nuevo trabajo de Alain Guiraudie, ganador del premio al mejor director de la sección Un Certain Regard de 2013 por ‘El desconocido del lago’. Y en ‘Rester vertical’ siguen gran parte de sus elementos característicos: rodaje en exteriores en los que la naturaleza cobra una gran importancia, ‘planos genitales’, escenas de sexo sin tapujos, el juego entre géneros cinematográficos sin complejos… y se confirma la capacidad narradora del director galo.

En ‘Rester vertical’, un guionista en pleno bloqueo artístico decide escaparse al campo en busca de inspiración. Y allí conocerá a una pastora que entre paseos por el campo, conversaciones sobre lobos y alguna cosa más, acabará siendo la madre de su hijo. Guiraudie da a su historia en muchos momentos el tratamiento  de un cuento pastoril con su caballero, su pastora, su ogro, su castillo, su bosque, su ciénaga, sus lobos amenazantes, su bruja… una especie de realismo mágico a la francesa en el que se mezclan y entran en conflicto lo campestre y lo urbano, lo físico y lo intelectual,  la tradición y la modernidad y que le dan a su película gran parte de su singularidad.

‘Rester vertical’ está llena de ideas sugerentes, Guiraudie crea un puñado de momentos inolvidables resueltos con gran brillantez, pero también le pesan ciertas obviedades y lecturas políticas que no acaban de encajar del todo.

I, Daniel Blake

Y para compensar la presencia de estos novatos en la competición, se ha presentado en la competición ‘I, Daniel Blake’, la décimoquinta película de Ken Loach que compite por la Palma de Oro, premio que ganó hace 10 años con ‘El viento que agita la cebada’.

Con ‘I, Daniel Blake’ el director británico vuelve al cine de denuncia social que en los últimos años parecía haber olvidado. Esta vez el blanco de su crítica son los servicios sociales británicos y en concreto su burocracia y deshumanización debidas en gran parte a su privatización vía subcontrataciones.

‘I, Daniel Blake’ es de esas películas que si bien uno pueda estar de acuerdo con su mensaje y comparte con sus autores la denuncia, las formas cinematográficas elegidas por sus autores parecen más cuestionables.

El tratamiento que el director británico da a la historia de un carpintero al que su médico particular aún no le da el alta para poder trabajar tras un ataque al corazón, pero que tampoco tiene derecho a subsidio porque según las tablas de la empresa subcontratada para gestionarlos no cumple con los requisitos es maniqueo (el individuo por definición es bueno, las instituciones también por definición, perversas), condescendiente (prima el sentimentalismo frente a la denuncia enérgica) y simplista (si esas malvadas instituciones existen es porque alguien elegido democráticamente al que ha decidido que existan).  Una película sobre la pelea del individuo contra el sistema que supuestamente debe ayudarlo en el que parece primar más que el espectador sienta pena por los personajes que empatía.

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