La bruja
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“La bruja” no es una cinta de terror al uso, no pretende ser ese entretenimiento liviano y pasajero estructurado a base de pasajes a cada cual más retorcido para dar la estocada final en una orgía de casquería o similar. Todo aquel que vaya buscando algo parecido, o espere encontrarse al típico grupo que cae uno detrás de otro por el ente de turno o el desequilibrado del lugar, que se aleje de inmediato.

Una familia de colonos abandona una congregación en la Nueva Inglaterra de 1630, estableciendo su hogar alejados de la civilización. La desaparición de un miembro de la familia comenzará a detonar una serie de sucesos aparentemente obra del maligno.

Bajo este escenario, Robert Eggers presenta una cinta de terror sobria en la que prima la tensión, el suspense y una historia construida sobre las bases de esa radical y puritana creencia cristiana, aderezada con macabras pinceladas que representan el culto sobre la brujería en una forma bastante alejada de los tópicos más representativos.
Estos elementos, unidos a la idiosincrasia del ser humano y a esos pequeños destellos de maldad y rebeldía que afloran en esas retenidas voluntades, convierten a “La bruja” en una interesantísima propuesta dentro del género de terror que combina de manera magistral ciertos elementos sobrenaturales con el folclore más conservador.

La bruja

Esta combinación provoca esa sensación en el espectador mezcla de tensión y terror tanto por esa parte más oscura de la historia como por las reacciones de una sociedad tan sometida a las voluntades de Dios.

Pero si la cinta funciona, es en gran parte gracias al grandísimo trabajo de todos y cada uno de sus protagonistas, empezando por el cabeza de familia, interpretado por un magnífico Ralph Ineson, que transmite a la perfección esa lucha patriarcal por mantener a su familia en un entorno que poco a poco consume sus fuerzas, hasta los jóvenes Anya Taylor-Joy y Harvey Scrimshaw como Thomasin y Caleb, en una representación que nos muestra ciertos elementos oscuros y puntos de rebeldía que nos hacen reflexionar sobre cómo se gestan, en definitiva, determinadas creencias debido, al fin y al cabo, a los propios actos del ser humano.

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