El olivo
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El cuento empieza con un hombre mayor que se dirige, afligido, hacia un extenso campo de olivos en el Maestrazgo. El desconsuelo del abuelo se debe al árbol que ya no está allí: un olivo milenario que había cuidado toda su vida y que su familia vendió a una multinacional en contra de su voluntad. Tras el documental ‘En tierra extraña’ (2014), la directora Icíar Bollaín vuelve con una metafórica fábula sobre la crisis de valores de nuestra sociedad, la especulación con nuestros bienes y las consecuencias de la crisis.

Toda historia tiene un protagonista y en éste se llama Alma y es la nieta de ese hombre derrotado. Viendo el pobre estado de su abuelo, Alma decide emprender una empresa imposible: encontrar su monumental olivo, replantado en algún lugar de Europa, y traerlo de vuelta. Con este objetivo, se embarca en un improvisado viaje con su tío, un pobre diablo arruinado por la crisis, y su compañero de trabajo. Así, en su segmento central, El olivo se convierte en una road movie inverosímil, casi una “quijotada” que supone una buena lectura de la España de hoy.

Escrito por Paul Laverty, pareja de Bollaín, con quien también escribió También la lluvia en 2010, y guionista habitual del director británico Ken Loach, el guión es el principal activo del film. Laverty encontró en la historia de los miles de olivos ancestrales que eran arrancados de la tierra y vendidos y trasladados a jardines particulares y grandes empresas la metáfora de la voracidad del neoliberalismo actual, del expolio que se ha vivido en España con el boom inmobiliario, de la devastación de nuestro patrimonio cultural y paisajístico y de la crisis económica. El olivo, sin embargo, no es una película denuncia sino, como definí al inicio, un cuento, una pequeña historia que sirve para ejemplificar un estado de la cuestión. No se desarrolla a través de un tono reivindicativo sino con un acento emotivo y una saludable dosis de humor. Más que centrarse en la injusticia se ajusta a la descripción de unos personajes, perdedores todos, y una situación, la crisis que ha dejado tras de sí un paisaje natural y familiar ruinoso.

El olivo

La pericia de Bollaín en la dirección de actores ya había quedado demostrada en anteriores trabajos, como en Te doy mis ojos (2003) o Mataharis (2007), y aquí vuelve a conseguir unas interpretaciones magníficas que dotan a los dos personajes principales, Alma y su tío, el Alcachofa, de complejidad y contrastes. La interpretación de Anna Castillo, vista en Blog (Elena Trapé, 2010), del difícil personaje protagonista, una joven en guerra consigo misma y con los demás, es brillante. Consigue transmitir los altibajos de su personaje, la fuerza, la rabia y a la vez la ternura. A su lado, la interpretación de Javier Gutiérrez, en su papel de perdedor que pagó los platos rotos de la crisis, es antológica y debería verse recompensada con una nominación a los Goya (premio que ya ganó hace un par de años con la magnífica La isla mínima). Capaz de emocionarnos y hacernos reír en la misma escena, protagoniza algunos de los mejores momentos y diálogos de la película y su química con Anna es evidente.

Sin embargo, hay que señalar algunas insuficiencias del film que merman parcialmente el resultado final. Por una parte, el resto de personajes están esbozados con trazos gruesos y, como en el caso del padre de Alma, con una visión maniquea. Bollaín toma partido por unos personajes en contra de otros, sin equilibrar los puntos de vista y cae, en ocasiones, en sesgos injustificados. Por otra, algunas acciones resultan forzadas o inverosímiles, así como un cierto “buenismo” recorre toda la cinta. Y en última instancia se echa en falta una conclusión de mayor enjundia de la trama del olivo.

Pese a sus carencias, en una época de entretenimientos planos, este film funciona en diferentes niveles y pone en valor nuestras raíces, nuestra comunidad y nuestro patrimonio. El olivo es una película optimista, llena de vida y a favor de luchar por lo que creemos. Alma no se conforma y, con su aventura, se mueve y mueve cosas, moviliza a su entorno y abre y cierra heridas. Un necesario canto al movimiento y a la movilización, frente al inmovilismo que pretende el poder y sus adláteres.

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