A Teatro con Eduardo
10Nota Final

Hay obras de teatro que, con sólo ver una fotografía, con sólo oler la atmósfera, sabes que te impactarán.

Me encuentro en el vestíbulo del Teatre Lliure. Una sonrisa furtiva se me insinúa en los labios sin que pueda comprender conscientemente su significado. Algo está a punto de ocurrir. Adquiero la entrada con expectación, pero lejos del escepticismo que suele rodear las elecciones culturales hoy en día. Las entrañas dan fe de mi aplomo. Estoy delante de una apuesta segura. El reparto habla por sí mismo, reconfortando la razón con un incuestionable sello de calidad: Jordi Bosch, Ramon Madaula, Francesca Piñon… y Lluís Pasqual al timón. Pero no es la razón la que me hace caminar casi con prisa hasta el interior de la sala y buscar rápidamente mi localidad. Es algo más. Un susurro inconsciente, une etérea intuición.

“Ahora compartiré con usted mi tercer ojo y podrá ver todos los experimentos, todas las realidades a la vez.” Estas palabras resonaran dentro de mi en un futuro muy cercano. Pero todavía no. Todavía no conozco al profesor Marvuglia ni el juego que lleva jugándose desde el comienzo de los tiempos, todavía no comprendo la subjetividad del propio tiempo ni las imágenes ni sensaciones que conforman el mundo que nos rodea. La obra aún no ha empezado. O quizá sí.

El escenario está prácticamente vacío. Algunas tumbonas y sillas blancas aquí y allá (exponiendo claramente que el qüid de la cuestión se hallará en los personajes), dos letreros luminosos que rezan Hotel Metropol (uno de ellos invertido, denotando con exquisita elegancia semiótica que veremos las dos caras de toda historia, la dualidad inherente en los distintos puntos de vista que transmuta aquello que llamamos realidad en algo incierto) y el suelo cubierto de estrellitas de colores en papel festivo, entonando una melodía de farsa, propia del clown. La obra empieza de manera brusca, sin piedad, cogiendo al espectador casi a contrapié, imponiendo de manera casi impertinente un tono forzado y satírico, aliñada con una incómoda sensación de caos escénico. Dudo un instante. ¿Me habré equivocado? ¿Me ha traicionado el corazón juzgando con demasiada benevolencia? En algún lugar noto que el director sonríe. El juego ha empezado. Sin saber cómo, gracias a una excelente dirección de unos actores excepcionales de por sí, la comedia nos atrapa. No vemos inmersos en el espacio, sugerido con elegancia, sin excesos presupuestarios ni pretensiones barrocas. Nos transporta el texto marcado con ritmo justo para capturar la atención, para secuestrar la voluntad. Somos presa de Eduardo de Filippo. Al fin y al cabo, tal y como reza el título, nos ha invitado al teatro. Y no nos dejará marchar.

El director del Teatre Lliure tiene fama de profesional honesto. Honesto con su trabajo. Honesto con sus propuestas. Honesto con su enorme talento. Lluís Pasqual establece una puesta en escena absolutamente metateatral, sin el menor esfuerzo por ocultar la ficción evidente del teatro. Todo lo contrario, se recrea con ello, se burla de ello, lo convierte en su estandarte. Es un profesional honesto y ha entendido con toda honestidad la temática de la obra de Filippo. Analizar la escenificación supone una delicia casi pecaminosa. Empiezo a tirar de un hilo de significado y, igual que aquellos pañuelos infinitos que los payasos sacan de la boca, me doy cuenta de que la reflexión no termina. Una idea me lleva a otra. Un símbolo tiene tres más que lo sostienen. Nos encontramos en un intrincado juego de cajas concéntricas, una sucesión infinita de rompecabezas que, bajo la apariencia inocente de una burla ligera, oculta la tragedia de la absurdidad humana. Tiramos del hilo, imagen tras imagen, caja tras caja, hasta llegar a la caja misma que nos contiene. El mismo teatro. Veo a Madaula llevando una pequeña caja bajo el brazo y saboreo el efecto cartesiano del infinitamente grande y el infinitamente pequeño. En algún lugar noto que el director sonríe, haciéndose eco de una risa inequívocamente italiana. El autor ha compuesto una ilusión que, igual que los juegos y sugestiones mentales preparados por el protagonista de la grande magia, ha viajada a través de tiempo y espacio. Nos impacta. Nos afecta. Y nos confirma que, tal y como sospechaba, esta ha sido una gran noche en el teatro. Uno de los imprescindibles indiscutibles de esta temporada.



Teatro: Teatre Lliure
Web teatro
Autor del texto: Eduardo de Filippo
Dirección: Lluís Pasqual
Intérpretes: Laura Aubert, Jordi Bosch, Robert González, Oriol Guinart, Teresa Lozano, Ramon Madaula, Francesca Piñón, Albert Ribalta, Marc Rodríguez, Mercè Sampietro


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