El pasado 1 de abril, se retomó la buena costumbre de recorrer los lugares que describe Ramón María del Valle-Inclán en su “Luces de bohemia”.

Convocados todos los artistas vagabundos y los instruidos en números celestes enfrente de la Casa Ciriaco, se iniciaba el homenaje al 150 aniversario del nacimiento del autor esperpéntico. Algunos incluían a Buero Vallejo, a Lorca, a Cervantes y a Shakespeare dentro de la admiración de las letras españolas pero, como entenderán, es obvio que este último quede apartado.

España es un país con un gran sentido de inferioridad y, en momentos como los de ahora, puede llegar a entenderse. Sin embargo, no debe olvidarse la portentosa dramaturgia que se cosecha en esta tierra y, lamentablemente, el poco aprecio que recibe por parte de las instituciones. Esto mismo es lo que denuncia Max Estrella bajo la voz de Valle y con el sentido crítico y humor que parece que hemos ido perdiendo con el tiempo.

Los intelectuales y, supuestamente bohemios, que nos acompañaban en cada estación nos acogían con discursos reivindicativos y guiños a la pieza que a día de hoy consigue erizarnos la piel y las entrañas. Lo mismo consiguió, y a mi parecer con medalla de oro, Laila Ripoll con un texto honesto y emotivo de la desgracia que tiene que afrontar hoy Europa y nuestro país.

Aun así, esa percepción de impotencia se podía volver a alcanzar con algunas palabras insulsas de invitados a esta ruta. La protesta se iba difuminando con intenciones de promocionar sus obras estrenadas en teatros convencionales o con cierta tendencia a quedarse en la superficie del mensaje del Homero español.

Nuria Gallardo y Joaquín Notario realizaron un trabajo interpretativo en frío pero contundente. Sin duda, se disfrutó de la entrega de estos actores profesionales pero se meaba fuera del tiesto cuando se promovía la asistencia a la pieza en la que estaban. No digo nada nuevo si advierto que el Teatro de la Comedia no es precisamente el lugar de la heterodoxia o el impulsor de dramaturgos contemporáneos; y si, “bohemia”, por definición, es aquello que huye de lo convencional.

Del mismo modo, Yayo Cáceres se camuflaba ante los paseantes del lugar para vender su espectáculo y a sus actores bajo el escudo de Cervantes (a veces categorizado románticamente como manco por unir similitudes con Valle-Inclán, pese haberse demostrado que el alcalaíno no lo era).

Por otra parte, en la Casa Real de Correos (perteneciente a la Comunidad de Madrid, como todo este recorrido…) nos esperaba el filósofo Javier Gomá con una teoría llena de palabras complejas y una superflua aportación.

Con la excusa de que en ese lugar se producía el abrazo entre Max y el anarquista Mateo, el señor Gomà introdujo un término que según él era de actualidad: la pinza. Osó decir que la despedida emotiva entre Max, carlista, y Mateo, anarquista-terrorista, era el símbolo de la reconciliación y estabilidad española como ocurrió en la transición y se plasma en “El abrazo” de Genovés. Además, afirmó que España ya no presentaba la decadencia pintada por Valle-Inclán; añadió que ahora vivíamos una situación que había superado todo lo esperpéntico y que lo realmente horroroso, en la obra que allí homenajeábamos, era la muerte. Por supuesto se atrevió a añadir alguna cursilería como bautizar una estrella como Estrella siguiendo el ejemplo de aquella que se llama Cervantes. Tampoco dudó en advertir que la indignación que presentaba la pieza y el estado actual de nuestro país no debía atribuirse a ninguna posición o partido político.

La noche de Max Estrella

“¡Muera Maura!” y “¡Filibustero!” le deberíamos haber gritado todos. Para empezar por su mala interpretación del texto: ¿Quién dice que Max era un carlista conservador y Mateo un terrorista? Siguiendo por la argumentación de sus ideas y la aprobación por parte de la coordinadora del centro que, además, pudo decir sin ningún tipo de tartamudeo que la Comunidad de Madrid apoyaba al teatro y que salas públicas y privadas de todos los formatos convivían en perfecta armonía (¿convivir o subsistir?) ¿Cómo se atreven a decir que el texto de Valle no cumple su vigencia y que España ha dejado, desde sus instituciones, de olvidar a los artistas? Por no hablar de todas las personas que han olvidado en su conjunto y que, sumando el tratado vergonzoso de los refugiados, desembocan en una España y Europa esperpéntica.

Una puede llegar a resignarse ante un Pica Lagartos convertido en un espacio dedicado a la tecnología punta y clave para el NeoEsperpento acechador. ¿Pero es posible claudicar con sermones que fomentan la permanencia del status quo social y artístico?

Con todo lo que esta pieza me ha enseñado y lo española que puedo llegar a sentirme, les pediría que no empleen su tiempo en discursos ñoños buscando estrellas y se preocupen por las muertes que causa el estado. A eso es a lo que debemos llamar terrorismo.

Evidentemente, me fui sin acabar el recorrido. Lo que parecía ser un camino de vagabundos intelectuales acabó siendo una suma de discursos institucionalizados que, salvando los momentos que he nombrado anteriormente, sabían a todo menos a bohemia.

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